El libro que no pudiste terminar

La Pública de Nueva York preguntó a sus bibliotecarios por los libros que no habían sido capaces de terminar

El libro que no pudiste terminar

Confieso que siempre he sentido una mala envidia por quienes son capaces de devorar un libro en una sentada. 

En la carretera he visto a Maki leer 700 páginas en unas horas; alguna vez atestigüé la ruda disciplina de un escritor para reseñar tres por semana; y recién terminé de escribir un texto sobre un hombre que puede consumir diez libros al mismo tiempo, en distintos idiomas. 

Todos hemos dejado alguna vez un libro sin terminar, un pecadito que no muchos revelan, casi siempre por vergüenza propia. El miedo a que piensen que eres un lector torpe. O no dices nada para no ofender gratuitamente a un autor; o en sentido o puesto, recitas autores y descartas sus obras como soldaditos que van cayendo. 

Pero incluso los bibliotecarios y los reseñistas de libros, personas que por obligación, pero sobre todo por amor se dedican a leerlos, es decir las personas que más los consumen y aman, han apartado algunos libros mucho antes de llegar al final.  

Uno de mis amigos, de los mejores en su campo, sale a trabajar todos los días entre luces y sombras. Es compulsivo, todo el tiempo está leyendo y deja un libro en un segundo cuando huele un engaño, cuando lo decepciona porque se anuncia como una cosa que no es, o porque la escritura y las ideas le parecen decepcionantes o por debajo de lo prometido.

Hace unos meses, en una singular celebración del 200 aniversario de la batalla perdida por Napoleón en Waterloo, la Biblioteca Pública de Nueva York (https://www.nypl.org/) decidió preguntar a los miembros de su equipo los nombres de los libros que no habían sido capaces de conquistar leyéndolos hasta el punto final.

La obra de Austen es maravillosa en la pantalla del cine, pero completamente adormecedora en la página, escribió Nancy Álvarez sobre el trabajo de la legendaria escritora británica autora de Orgullo y Prejuicio, desde una biblioteca en el el centro Manhattan.

Leslie Tabor, de las librerías del Este de Nueva York, dijo que para ser honesta su Waterloo literario no es nada escrito por una celebridad antigua. No he sido capaz de terminar La broma infinita, de mi amadísimo David Foster Wallace.

En la librería de Kingsbridge, Rabecca Hoffman asignó a un grupo la lectura de El sonido y la furia de Faulkner, que no había podido terminar. Solo pudo hacerlo con la ayuda de un cuadernillo de notas.

Después de preguntar a sus empleados, la Biblioteca Pública de Nueva York planteó la misma interrogante a sus lectores.

La mayoría lamentó no haber podido llegar al final de La broma infinita, el tabique de mil páginas de David Foster Wallace, el Conde de Montecristo y casi toda la obra de Shakespeare.

Queridísimo James Joyce, amo tus historias pero leer las primeras sesenta páginas de tu Ulises me llevó tres meses y con honestidad no recuerdo qué leí. escribió Samantha, una lectora. Bryan Szabo dijo que cuando llegó a la mitad, tiró el libro contra la pared.

Desde que tuve que leer Absalom, Absalom en la universidad, me he negado a leer más a Faulkner, pero sé que necesito darle otra oportunidad, dijo Ronni Krasnow, de Morningside Heights.

Si una bibliotecaria o un arquitecto no logran reunir el interés y los esfuerzos inherentes para seguir leyendo, ¿qué esperanza podemos tener el resto de los lectores morosos? 

Eso me lleva a mis amigos los insomnes y también a los compulsivos. Cuando nos vemos en la Ciudad de México o en otra ciudad, tan pronto los veo puedo saber cuándo no durmieron y a veces no les hago una pregunta por vergüenza:

¿Qué libro estuviste leyendo anoche mientras yo dormía?

 

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