El lémur del turismo ñoño

No todos los que viajan buscan lo mismo. Hay quienes quieren cosas rarísimas. Todos ellos tienen un animal de poder con cara de bicho espantado

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

Creemos que el turismo es un animal mágico que a todos hipnotiza por igual, pero eso es falso: en realidad es una suerte de arca de Noé que lleva una bacanal de animales, cada uno de los cuales seduce con distintas artes.

Están el animal del ecoturismo (un alebrije gigante con regaderas de bambú en vez de cuernos y montañas en las jorobas), la ballena que carga al sonriente turismo familiar en un crucero, la jirafa ciega desde la cual saltan en bungee los turistas de aventura, el gordo león marino que recibe en sus axilas a los que se tumban en las playas que sólo valen la pena en verano. Todas parecen bestias muy felices, pero eso, por desgracia, tampoco es cierto siempre. ¿Ve usted a ese mínimo lémur de ojos como canicas? El que está sentado sobre una pila de libros, solitario, diríase que con ganas de saltar por la borda: es el lémur del turismo ñoño. Nada tiene que ver con el turismo cultural, ese elefante blanco que pasea entre sitios arqueológicos y museos de colecciones inconmensurables. No: el lémur del turismo ñoño lleva a sus (pocos y medio degenerados) feligreses a lugares a donde, bueno, no hay razones reales para ir: a Ginebra sólo para ver la tumba de Borges; a un pueblecito uzbeko para ver restos de barcos que no escaparon del mar Aral; a Bristol para buscar a cierto músico callejero.

El problema del lémur no es sólo que su grey es medio dispersa, sino que no tiene una capital desde la cual llamarlos. La ballena opera en Miami, el león marino en Cancún y el elefante resopla sobre la pirámide de Louvre. Para ellos es fácil, puesto que sus seguidores tienen obsesiones compartidas: un artista (incluso un cuadro: la Mona Lisa), una lista de destinos must, un tono específico de tez. Pero los degenerados del lémur no: cada uno de ellos cultiva una obsesión distinta. Los hay adictos al ramen (pero al auténtico, dirán), los que quieren aprender a hacer pan, los que patinan. El lémur está resignado a no congregarlos jamás.

Nosotros somos de esos (no por convicción, sino por falta de paciencia), y hoy quisiéramos decirle al lémur que hallamos una capital idónea: Amberes. Queremos decirle que hay ñoños festivales de comida, una estación de tren (¡de tren!) en la cual perderse horas en cada detalle, el mejor waffle de Bélgica (¡!). Que ahí está el museo Plantin-Moretus, dedicado a la imprenta, lleno de tipos del siglo XVIII, de globos terráqueos, de libros (¡Theatrus Orbis Terrarum!), de retratos viejitos. Queremos decirle que sabemos que esa ciudad deleitará a todos los ñoños del cosmos; queremos verlo a los enormes ojos y decirle: ha llegado nuestro momento.

Pero el lémur ya no está donde siempre. Es más: el arca no está, porque el arca no existe. Lo único que existe es el mar, y la playa donde encalló, allá lejos, que ahora bulle de gente.

Por RUY FEBEN Y CARLOTA RANGEL

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