El juego del Canciller

Para Ebrard, que es un político adepto, los temas internacionales son otra vía de practicar el juego interno

José Carreño / Desde afuera   / Heraldo de México
José Carreño / Desde afuera / Heraldo de México

El reciente viaje del secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, a Washington y su combinatoria a una reunión sobre Fronteras Seguras, ponen a prueba tanto la idea de que la SRE no juega en temas domésticos como el que la política internacional sea una continuación de la interna. No es un accidente.

Ebrard es un político adepto y al margen de que tenga o no ambiciones personales futuras, como se asegura, parecería que para él la política exterior es sólo otra forma de practicar el juego interno. Cuando fue a la capital estadounidense para presentar el programa de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador ante una reunión de la Sociedad de las Américas y el Council of The Americas, aprovechó para presentar el punto de vista de su gobierno sobre la situación de Venezuela, se entrevistó con Jared Kushner, el asesor y yerno del presidente Donald Trump, el secretario de Seguridad Nacional en funciones, Kevin McAleenan, y la subsecretaria de Estado para Asuntos Interamericanos, Kimberly Breier.

Nada fuera de lo normal, pero implica de entrada una inserción en la política entre México y Estados Unidos, más que legítima por cierto. La costumbre es que la relación bilateral sea manejada directamente –como seguirá siéndolo– entre la Presidencia de la República y la Embajada en Washington.

Pero el viaje puso a Ebrard en medio de una serie de temas: la reunión de fronteras seguras implica en este caso la participación de secretarías como Hacienda –aduanas, Servicio de Administración Tributaria–, Gobernación –migración–, Seguridad Nacional y/o Defensa Nacional, Economía, Comunicaciones y Transportes –infraestructura–, Turismo, Agricultura y alguno o algunos gobiernos estatales a invitación o en coordinación con la SRE.

Nada mal para iniciar un juego político interno, por demás. Ciertamente, una mayor participación de la SRE en la relación bilateral más importante de México ha sido uno de los objetivos más acariciados por todos los secretarios, sobre todo porque la cancillería pone el personal y la infraestructura de la embajada y medio centenar de consulados –que en algunos casos tienen tanto o más peso que varias embajadas–.

Los únicos que pudieron hacerlo realmente fueron Jorge Castañeda y Luis Videgaray: Castañeda, a principios de la década pasada, convenció al presidente Vicente Fox de que la relación con Washington pasara por su oficina. Pero para cuando terminó el periodo de Juan José Bremer en la capital estadounidense y llegó su sucesor Carlos de Icaza, un embajador de carrera, la dinámica de la relación había restablecido a plenitud el vinculo Presidencia-Embajada.

El poderoso Videgaray era muy cercano al presidente Enrique Peña Nieto. Ebrard no parece interesado en perturbar esa fórmula, y menos en las condiciones actuales, pero resulta evidente que sí aspira a poner a la Secretaría de Relaciones Exteriores, y a él mismo, en el centro de la política nacional.

Por José Carreño Figueras

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