¿El fin de una época?

Algo hay que respalda la hipótesis de Macario Schettino y Jesús Silva-Herzog Márquez que diagnostican, ni más ni menos, el fin de una época en nuestro sistema de partidos

¿El fin de una época?

No es novedad que desde el análisis político se anuncie algo tan pomposo como el título de esta columna. Diga usted si no: ¿cuándo fue la última vez que escuchó una conferencia o leyó un análisis que le dijera: esta elección es punto menos que irrelevante, no se ocupe de ella, y búsquese mejor la más reciente novela de Vargas Llosa? ¿No, verdad? Todo lo contrario. Cada episodio es histórico, sin precedentes, etc. Haga de cuenta que prendió usted ESPN antes de una final de la Champions.

Quienes dedicamos parte de nuestra tarea profesional a analizar, opinar, asesorar, tenemos un incentivo implícito a sobrevalorarnos, exagerando para ganar adeptos. Trato siempre de no sumarme a esta tendencia. Perdemos matices, trivializamos las causas y por ende, desperdiciamos oportunidades, lo que en política sí resulta lamentable.

Pero en esta ocasión algo hay que respalda la hipótesis de Macario Schettino y Jesús Silva-Herzog Márquez que diagnostican, ni más ni menos, el fin de una época en nuestro sistema de partidos. Sopesando la rotunda incoherencia de las coaliciones que han formado todos los partidos políticos–especialmente en sus listas de candidatos al Congreso, pronostica Jesús que los partidos que vienen serán más débiles, más incoherentes y tan sucios como los de ahora. (Reforma, 19 de febrero 2018). Adelanto que no coincido con ellos respecto a la ineludible derrota del PRI y su candidato, pero de eso nos ocuparemos después.

De las múltiples implicaciones de esta hipótesis, rescato una. No es sostenible un sistema de partidos incoherente ideológicamente. O se van construyendo nuevas opciones con principios identificables, o estaremos arriesgando una regresión demagógica y autoritaria en la que el propio pluralismo estará en riesgo.

Pero quedamos que no iba yo a exagerar. Hay razones para la esperanza: a los propios partidos les conviene defender principios relativamente consistentes. Y no, la flexibilidad ideológica del PRI del siglo pasado al actual no niega mi argumento: ni siquiera en la ausencia de competencia efectiva le fue funcional a ese partido abandonar un discurso integrador. Los partidos construyen (y modifican) una ideología porque les facilita comunicar a la gente más o menos qué representan a lo largo del tiempo y en distintos espacios. También porque hace menos costosa la construcción de opciones de gobierno al interior de las bancadas legislativas y ante otras fuerzas.

Y puede ser que nos dé curiosidad cómo se ve un grupo parlamentario con figuras tan aberrantemente disímbolas como las que nos ofrecen algunas coaliciones. O que supongamos que el modelo de compra de votos que perfeccionó el famoso Pacto por México es la única forma de hacer política. Pero estoy cierto que más allá de la triste feria de oportunismos, muchos políticos y ciudadanos se preocuparán de lo que está por ocurrir en nuestro país, y verán en ese posible fin de época nuevas oportunidades para una reconstrucción democrática–que incluya nuevos partidos.

Si usted lo duda, considere el apoyo que tiene Morena en las encuestas. ¿A poco no tendrá nada que ver con la percepción de que en años recientes se cimentaron las alianzas legislativas sobre una fétida pila de acuerdos inconfesables? Ese rechazo no es solo a la corrupción, lo será también si se pretende construir con ello un liderazgo autoritario y demagógico. Y ahí se encuentra una base con potencial para una nueva etapa. No será fácil construirla, pero habrá quienes puedan lograrlo. La oportunidad es clara.

Decano
Ciencias Sociales y Gobierno
Tecnológico de Monterrey
@AlejandroPoire

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