El espía, el Estado, la tragedia

La serie es una muestra perfecta del mecanismo trágico que está en el centro del proceso de configuración del Estado en la época moderna

Ismael Carvallo Robledo
Ismael Carvallo Robledo / Asesor en la Cámara de Diputados / Heraldo de México

He visto recientemente la miniserie El espía, producción francesa dirigida por Gideon Raff y proyectada por Netflix a partir de 2019, con el papel protagónico personificado por Sacha Baron Cohen.

Se trata de una reconstrucción biográfica de Eli Cohen (1924-1965), el famoso espía israelita cuya vida encuentra un punto de inflexión fundamental que marcaría el antes y el después, y que habría de precipitarlo en una pendiente sin salida y sin retorno, condición con riesgos que asume con plena consciencia y cuya desembocadura final sería la de terminar ahorcado en la Plaza Marjeh del centro de Damasco, en Siria, un día de mayo de 1965.

La serie es una muestra perfecta del mecanismo trágico que está en el centro del proceso de configuración del Estado, de cualquier Estado en la época moderna, en este caso el de Israel.

Un proceso que, en su despliegue, arrastra las trayectorias individuales de hombres y mujeres que, en su participación en el Estado de referencia, quedan envueltos por una arquitectura de instituciones que desbordan al primer núcleo de lealtad familiar, en donde nacen los hijos, para recubrirlo con otros esquemas de lealtad, principalmente el jurídico (en donde los hijos se hacen personas físicas o morales), el histórico (en donde los hijos se hacen ciudadanos históricos, como decía Carlos Marx) y el militar (en donde los hijos se hacen soldados, o espías, en efecto, que defienden a la patria: de ahí la frase consabida que dice un soldado en cada hijo te dio, de nuestro Himno Nacional).

Incrustada en el contexto del conflicto entre el nuevo estado israelita y el entorno de países árabes hostiles que lo circundan (Guerra de 1948, Guerra de Suez, Guerra de los Seis Días, Guerra de Yom Kipur, Guerra del Líbano, etc.), la vida de Eli Cohen marchaba como la de cualquier ciudadano orgulloso, leal y convencido del derecho a existir de Israel, y como la de un empleado modesto y marido fiel, enamorado de su esposa a la que estaba a punto de embarazar.

Pero monitoreo mediante, los servicios de inteligencia toman contacto con él en 1959, para reclutarlo como uno de los espías más famosos de la historia moderna, destruyendo al hacerlo –ésta es la cuestión– a su familia y a él mismo al haber sido descubierto y sentenciado a la horca por el régimen sirio, en el núcleo duro de cuyo gobierno llegó a infiltrarse con tal grado de perfección y eficacia, que llegó a situarse ni más ni menos que como tercero en la línea de sucesión presidencial, haciéndose pasar por un empresario árabe que volvía a su país luego de una estancia en Argentina.

La tragedia heroica y política que fue su vida quedó sellada para siempre, sin vuelta atrás, cuando el jefe de los servicios secretos le hace una inquietante serie de preguntas fundamentales:

¿Te consideras un patriota?; si tu país te pidiera mentir a tus amigos, a tu familia y a tu mujer, ¿lo harías?; si tu país te pidiera arriesgar tu vida, ¿lo harías? A cada de una de las preguntas, Eli Cohen respondió que sí.

POR ISMAEL CARVALLO ROBLEDO

ASESOR EN LA CÁMARA DE DIPUTADOS

@ISMAELCARVALLO

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