El complot de las flores

Los bordados con motivos florales son una constante en las artesanías. ¿Será que estamos configurados para repetir y diseminar estos patrones?

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México
Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

En la religión de las abejas, las flores deben ser una suerte de portal divino del cual manan todas las bondades de los dioses de la polinización y la miel; pero éstas no son la única especie obsesionada con sus colores, aroma y fragilidad.

Los motivos florales han sido y son una constante en el diseño textil artesanal de culturas tan dispares y distantes que parecen no estar relacionadas en absoluto. Esto se puede notar especialmente al visitar pueblos en los que todavía se valoran, heredan y defienden ciertas tradiciones. Nos percatamos primero en el pueblo transilvano de Sibiu: los pañuelos que las babushkas se amarran en la cabeza nos recordaron a los bordados de Zinacantán. Unos días después, en una de las muestras del complejo de museos de ASTRA, nos topamos con una colección de bordados escalofriantemente parecida a otra del Centro de Textiles del Mundo Maya en San Cristobal de Las Casas. Como si repetir patrones florales fuera parte de nuestra configuración cultural. Como si estuviéramos programados para hilar mantras de pétalos y pistilos.

Tiempo después, dando vueltas por un mercado de artesanías de Bujará, en el muy lejano oriente, tuvimos una revelación. Nos topamos, como de costumbre, con manteles y blusas floreados y coloridos, pero notamos que entre las flores siempre había una extraña esfera roja. Preguntamos como mejor pudimos a la mujer que atendía el puesto, que qué era dicha esfera, ella nos sonrió con sus dientes de oro y levantó su uniceja pintada mientras insinuaba que ya estábamos viejos para no tener hijos, nos dijo (probablemente pensando que la razón se debía más a un bajo conteo de semillas que a un bajo conteo de voluntad) que la granada, con sus cientos de semillas y granos, era un símbolo de fertilidad, y que, por lo tanto, si una mujer vestía de flores y granadas atraería la abundancia, en este caso, claro, refiriéndose a los hijos.

Desde entonces pensamos que tal vez la razón de nuestra obsesión con las flores se encuentre enraizada en nuestros circuitos más primitivos, quizá el ritual de bordar, dibujar y fotografiar flores sea tan burdo como el instinto de reproducción y de alimentarse: un intento por disecar la belleza efímera y reforzar la fragilidad con hilos coloreados sobre tela para así poder portarla, poder escondernos detrás de ella y conquistar al mundo como si se tratara de insectos rayados hasta que se nos acabe el néctar, nos pudramos, seamos procesados por la tierra y transformados en nuevas y efímeras flores una y otra vez. Después de todo, quizá las abejas tengan razón y las flores sean el portal hacia una nueva vida. Mientras tanto, nos marchitamos zumbando de un puesto a otro y comprando pañoletas, chales y manteles con motivos florales.

Por RUY FEBEN Y CARLOTA RANGEL

 

Carlota Rangel y Ruy Feben son otra clichetera pareja que está dando la vuelta al mundo. Sólo que ellos son mexicanos, escritores, y recorren los diferentes destinos del planeta para visitar tanto los sitios más estereotípicos como los secretos mejor guardados. Desde allá envían sus hallazgos a esta columna y publican postales fortuitas en su blog, senaleshumo.com. IG: @las.senales.de.humo /TW: @las.senales.de.humo

 

 

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónGuadalupe González / Nuevos entornos / Heraldo de México

Mesoamérica y la Cumbre del Medio Ambiente en África