El clásico joven

Cruz Azul y América disputan esta final a plenitud, y eso propició el equilibrio que se manifestó en el partido de ida

Gustavo Meouchi / De leyenda / El Heraldo de México
Gustavo Meouchi / De leyenda / El Heraldo de México

Mientras veía a la mejor defensiva equilibrar a la mejor ofensiva (en una eufemística forma de describir un encuentro aburridísimo), valoraba todo el peso extradeportivo que ese duelo tiene, lo que es sin duda la única forma de entender como un partido futbolísticamente tan pobre puede tener a tantas personas brincando en tensión a la menor provocación.

La historia ha sido rica en anécdotas que contar. Cruz Azul y América fueron en su momento los dos equipos capitalinos de más renombre y tradición. Oponentes simbólicos por antonomasia, uno representaba la cantera, el esfuerzo, lo popular; los Cementeros se fundaron como un equipo de obreros de una planta industrial y alrededor de esa mística creció un club que llegó a Primera División y se hizo grande. Veintiún años de sequía han dotado a la afición cruzazulina de un halo sufrido, de una resignación perenne y un poco arisca; el corazón late, pero el rostro no lo demuestra, aguardamos, sufrimos y esperamos.

Las Águilas apelan a valores diferentes: el equipo grande, rico, patrocinado por la empresa y los artistas de la tele; ódiame más, dicen, y por momentos es difícil no darles gusto. Lo que es indiscutible es que es un equipo y una afición que se han esforzado siempre por estar a la altura del reto y de sus palabras.

Los partidos entre ambos equipos superan por mucho a los encuentros en Final del Clásico ChivasAmérica. Desde 1971, en aquella final trepidante, hasta 2013, cuando un gol agónico de los azulcremas obligó a la prórroga, cuando muchos aficionados ya abandonaban el estadio y volvieron sorprendidos a presenciar un alargado desenlace.

Hoy Cruz Azul y América llegan en plenitud, como primero y segundo lugar de la tabla, respectivamente. La Máquina Cementera es el actual campeón de la Copa MX y las Águilas golearon a los Pumas en las Semifinales; dos cuadros parejos, dos técnicos con experiencia y campeones ya de esta liga; Caixinha con el Santos, Herrera con los propios azulcremas, por mucho que nada de eso se haya reflejado en el partido de ida de la Final, o quizá por eso mismo, porque la tensión está ahí, latente.

Creo que no es malo que el partido de ida haya trascurrido de esa forma, ahora todo se reduce al próximo encuentro, no habrá más vueltas, ni más recovecos, es, de alguna forma, el todo por el todo, el resto a una carta. Marcar un favorito es imposible; los americanistas lucen confiados, por el presente y por la historia; los celestes, más precavidos, apelan a su gran temporada y al trabajo en equipo. En un año complejo para los mexicanos, rodeado de un ambiente tenso en lo político, este partido debe reflejar lo que esperamos todos: lucha abierta pero respetuosa; competencia férrea pero leal; un arbitraje justo y, por último, que el que gane festeje con humildad y quien pierda, acepte la derrota con dignidad.

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