El año que fuimos democráticos

Con Fox, la democracia se volvió partidocracia. ¿Es distinto a lo que está pasando en el país hoy?

Pedro Ángel Palou / Heraldo  de México
Pedro Ángel Palou El Heraldo de México

Un día el PRI se había ido de Los Pinos. Un antiguo gerente de Coca-Cola, echado para adelante y reciente gobernador de Guanajuato, había logrado la hazaña para el PAN.

Los analistas políticos se apresuraron a declarar la extinción del antiguo régimen y su partido hegemónico por más de setenta años. Los tiempos de corrupción y de impunidad se habían terminado, los ciudadanos habían ganado la batalla, éramos al fin una democracia.

El sueño duró poco.

En mi caso, la decepción fue casi instantánea. Fui invitado con algunos funcionarios públicos dedicados a la cultura de todo el país a una reunión con el candidato electo en Baja California Sur. Un grupo de asesores de Porfirio Muñoz Ledo nos habló acerca de la reforma del estado. Comparó el momento mexicano con la transición democrática en España. El presidente electo llegó el último día. Nos saludó de mano, sonreía.

Luego vino el discurso. Fox dijo que éramos distintos, que había que trabajar desde nuestra indiosincracia (sic), y metió la pata una y otra vez. Un mes más tarde fui invitado a participar en el segundo acto público del presidente: una reunión con los intelectuales y artistas del país en Oaxaca. Se nos dijo claramente: como las cosas han cambiado, cada uno debe pagarse su pasaje y su hotel. Menos mal.

El escritor Jorge Volpi pasó por Puebla y nos fuimos juntos. Hicimos las consabidas colas y pasamos por las revisiones del estado mayor y aguardamos en el ex convento de Santo Domingo. Y aguardamos, y aguardamos y aguardamos. La comida con el presidente, que debió empezar a las dos se sirvió –fría- cuando al fin llegó desde Monterrey, a donde había ido a reunirse con empresarios a las cinco de la tarde. Nos habían servido cientos de mezcales en vasos hechos con verduras (en zanahorias, jícamas, pepinos, una monada, vamos) y todos estábamos borrachos.

El presidente llegó, comió y ya se iba. Así, sin decir nada, cuando Marcela Rodríguez, la compositora, lo interpeló: ¿No va a hablar? ¡Venimos a escucharlo!. El presidente entonces dijo. ¡Que hable Sari! Y Sari habló: Nuestra primera decisión en el Consejo es con la hermosa provincia mexicana, les anuncio que la nueva directora de culturas populares será Griselda Galicia (a Griselda se la habían presentado media hora antes y no sabía de la improvisada decisión). Luego todos se fueron.

Allí, perdido en una mesa estaba uno de los invitados especiales a la toma de posesión, quien había viajado desde Europa para el efecto: Lech Walesa.

Nadie lo reconoció ni saludó. Se fue como nos fuimos todos, estupefacto. Por la noche me encontré con Felipe Garrido, el escritor. Le manifesté mi asombro.

Él estaba consternado. No entiendo –me dijo-, yo le preparé a los dos, a Sari y al presidente y al secretario de Educación, Reyes Tamez, sus discursos y no dijeron nada.

Me he extendido en esta anécdota porque da cuenta de cómo ocurrieron los siguientes seis años: en medio de la ocurrencia y la improvisación.

Fox nunca se dio cuenta de que era ya no candidato, sino presidente. Para quienes no se habían percatado de quién era Fox, el frentazo vino poco después, cuando se casó, en secreto, con su jefa de prensa, Marta Sahagún. Y lo hizo, curiosamente, con el presidente de España, José María Aznar en México. Sin invitarlo.

No hubo reforma política y lejos de hacerse más ciudadanos, los organismos autónomos fueron secuestrados de inmediato por los partidos políticos. Los sindicatos continuaron inamovibles secuestrando la educación y la energía del país. La anhelada democracia se volvió partidocracia. ¿Es distinto a lo que está pasando en el país hoy?, les dejo queridos lectores la pregunta al calor del Primer Informe de Gobierno.

No es por presumir.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU

COLABORADOR

@PEDROPALOU

edp

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