EEUU, México y los centroamericanos

El problema surge, otra vez, a partir de las caravanas de migrantes centroamericanos que cruzan el país

José Carreño / Desde afuera   / Heraldo de México
José Carreño / Desde afuera / Heraldo de México

A la sombra de la crisis del huachicol, crece otro reto de política doméstica y de política exterior, ya en la mesa, pero que puede elevarse en urgencia en cualquier momento.

El problema incluye diferencias de opinión en el seno del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador y exacerbó la urgencia de planes de desarrollo para el sureste de México que incluyan la creación de empleos que beneficien a la población local y sirvan como barreras contra la migración.

El problema surge, otra vez, a partir de las caravanas de migrantes centroamericanos que cruzan el país.

La actual caravana, compuesta principalmente por hondureños y en parte por grupos que saltaron la simbólica petición de datos por las autoridades mexicanas y forzaron su entrada al país, y que van camino a la frontera con Estados Unidos.

Parte del problema es la desagradable alternativa que plantean al actual gobierno, ideológicamente renuente a reprimir un fenómeno provocado por la violencia y la pobreza en sus vecinos del sur y auspiciado por lo que podría considerarse como indiferencia o tolerancia tradicionales en México.

Pero el problema amenaza ahora con alcanzar niveles con consecuencias domésticas y problemas diplomáticos mayores.

Por un lado, el masivo y publicitado flujo de refugiados y la cauda de problemas sociales a nivel local y complicaciones con las autoridades estadounidenses creó ya irritación entre habitantes de algunas ciudades fronterizas, en especial Tijuana.

Por otro, al decir de algunos, hay un diferendo de posiciones entre lo que plantea la Secretaría de Gobernación a través del Instituto Nacional de Migración y la visión de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que comienza a ver nubes negras en la relación con los Estados Unidos.

Las autoridades mexicanas no aceptaron firmar un acuerdo de tercer país con Estados Unidos, pero para todos los efectos México se ha convertido en uno.

Al cerrar su frontera con México a posibles refugiados, el gobierno estadounidense obliga a muchos a quedarse en México o regresar al sitio de donde salieron; al mismo tiempo, hay un creciente número de deportados que logran quedarse en la región fronteriza.

Al margen de los posibles conflictos sociales en esa región, se plantea también la posibilidad de un coque de política exterior. El sábado el presidente Donald Trump se quejó de que México hacía absolutamente nada para detener a la caravana de migrantes centroamericanos que busca llegar a la frontera.

Ciertamente lo que Trump quiere decir por hacer colocaría a las autoridades mexicanas en plan de guardias migratorios de EEUU, y eso no va a ocurrir. Pero al mismo tiempo, hay consideraciones de orden interno, como la obligación de gobierno de saber quien está en el país.

Y para rematar, la necesidad de evitar un choque con los EEUU, por mucho que la idea parezca atractiva al sector más febril del régimen.

por AFE  y  EFE

 

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