¿Dudas sobre el futuro democrático de EEUU?

Ya antes de su elección, el presidente Trump había sido señalado por tendencias autoritarias e intolerancia

José Carreño Figueras / Desde afuera / El Heraldo de México

Así como otros países comienzan a darse cuenta de que deben despedirse de lo que fueron, bueno y malo, aunque sin saber hacia dónde van o cómo llegarán, Estados Unidos tiene ahora un gobierno que en más de una forma busca desmontar instituciones que les llevó dos siglos construir.

Autoproclamado como un país de excepción, por la solidez de sus instituciones y un arraigado espíritu democrático, los estadounidenses enfrentan ahora dudas respecto al futuro de las primeras y, desde luego, sobre la profundidad del segundo.

El cuestionamiento surge del estilo personal de gobierno del presidente Donald Trump, que estira al límite los márgenes de acción de la presidencia y provoca dudas sobre lo que sucederá en el futuro.

No es que sea sorpresa. Ya antes de su elección Donald Trump había sido señalado por tendencias autoritarias y de intolerancia.

Pero también es cierto que los presidentes estadounidenses, desde hace un siglo, han buscado y logrado ampliar su papel, gracias en parte a la creciente inmovilidad de un Congreso polarizado que les permite –u obliga– a gobernar mediante medidas administrativas. 

En ese marco, Trump ha sido expediente y expedito.

Desde el principio de su gobierno buscó deshacer lo hecho por su predecesor, Barak Obama; ha dedicado tiempo y esfuerzo a dominar a la burocracia estadounidense, incluso a las agencias policiales y de inteligencia, que en una tradición post-Watergate –un escándalo por espionaje político doméstico que llevó a la renuncia de Richard Nixon en 1974– habían sido mantenidas al margen de la interacción política, cuando no respondieron a sus deseos. 

No son pocos los estudiosos y analistas estadounidenses que creen que Trump trata continuamente de ampliar su poder personal a costa de la legalidad y convertir al poder ejecutivo en un instrumento para su venganza personal y política contra enemigos reales y percibidos.

Durante su gobierno se ha deshecho también de aquellos colaboradores que trataron de moderar sus mandatos y alterado profundamente la forma en que su país se relaciona con el mundo.

Trump parece obsesionado con castigar a quienes considera traidores, y cuenta con el apoyo de una jerarquía republicana temerosa de sus iras, ya que tiene el respaldo de la mayoría de los votantes conservadores.

Pero no es el primero. Su antecedente más inmediato fue Nixon, que usó y abusó de organizaciones de vigilancia y espionaje como la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) o la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en beneficio de sus intereses políticos, y de la oficina de Impuestos (IRS-Internal Revenue Service) como herramienta de castigo.

Y mientras aún se considera impropio que el presidente de Estados Unidos se beneficie personalmente de su posición, la realidad es que Trump busca proteger a sus amigos y castigar a sus enemigos. 

Y al hacerlo cambia profundamente a su país.

POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
JOSE.CARRENO@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@CARRENOJOSE1

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