Dos gobernantes

Trump y Maduro tienen algo en común: no son necesariamente malos o perversos. Simplemente no saben lo que hacen ni dónde están parados


La irritación de los votantes con el aparato político en muchos países, o la idea de tener políticos independientes o no-tradicionales en el gobierno, tiene consecuencias frecuentemente severas y difíciles de medir a partir de reglas convencionales.

El accionar de los presidentes Donald Trump y Nicolas Maduro serían casos a poner sobre la mesa. Muy al margen de lo que se piense de ellos o sus tendencias políticas, el estilo de gobierno parece regulado por la ideología, el capricho y la necesidad inmediata, no por planes, propuestas o consideraciones políticas.

En otras palabras, habría que considerar que no son necesariamente malos o perversos. Simplemente no saben lo que hacen, ni dónde están parados, y eso actúa en detrimento de sus gobiernos y sus países.

En ese marco, sería por ejemplo muy difícil considerar el por qué el presidente Trump, inmerso en un escándalo acarreado por vinculaciones -reales o percibidas- de su campaña política con Rusia, pone como su principal defensor a Mark Kasowitz.

Cierto, Kasowitz es un litigante neoyorquino, considerado como uno de los mejores de los Estados Unidos y que ha sido por largo tiempo el abogado de Trump en muchos otros casos.

Pero Trump y Kasowitz parecen personas atentas a las apariencias y Kasowitz, abogado en jefe de Trump, es también encargado de la defensa del banco de participación estatal ruso OJSC Sberbank, en un caso de monopolio y competencia desleal.

Será difícil determinar si es arrogancia, desdén o simple ignorancia, como sostiene el exdiputado republicano Joe Scarborough, ahora conductor de un programa de análisis político en la cadena MSNBC.

Pero algo similar podría decirse de Maduro, conocido también por sus famosas conversaciones con un pajarito y como el heredero del comandante Hugo Chávez, que lo puso en el poder.

Maduro tiene probablemente el corazón en el lugar correcto. Su retórica acerca de la justicia a los pobres y la economía lo indica así.
Su ingenuidad queda marcada sin embargo por su insistencia en gobernar como Hugo Chávez sin tener el carisma, la inteligencia, los recursos ni el poder del fallecido líder, y queda, por lo pronto, como un aspirante a dictador.

Chávez, en su momento, destruyó la oposición tecnocrática en PetroVen y despidió a muchos de sus directivos. Ya no hay reparos en la empresa petrolera venezolana a la autoridad del gobierno, pero la consecuencia fue una sangría de elementos y un golpe a su productividad del que aún no se repone.

Chávez pudo hacerlo. El país todavía gozaba de precios petroleros altos y podía tolerar el manejo absurdo de sus recursos. Pero ya no. A Maduro le toca bailar con la consecuencias de errores como ese y no lo hace con el cerebro sino con la emoción: el camino de la Revolución Cubana no puede ser repetido y mucho menos imitado.

Los sueños, las incapacidades de dos presidentes marcan sus gobiernos y los dos, con sus similitudes y sus diferencias, salen reprobados.

 

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