Discurso, historia y actitud

El Presidente eligió 100 de sus múltiples promesas de campaña para definir el inicio de su sexenio

Arturo Sánchez Gutiérrez / Decano Escuela de Gobierno del Tec de Monterrey

A su manera, el presidente López Obrador tomó posesión de su cargo con dos discursos que no nos dijeron nada nuevo, pero reiteraron las promesas de campaña y la actitud que mantendrá ante el poder. El Presidente eligió 100 de sus múltiples promesas de campaña para definir el inicio de su sexenio.

Fue una sistematización de los planes que delineó desde su campaña y que escribió en su libro 2018 La Salida. Decadencia y renacimiento de México.

Tampoco fue novedosa su interpretación de la historia de México y la definición del origen de todos los males del país.

El Presidente define al periodo del Neoliberalismo (1983-2018) como un desastre, con una política económica ineficiente, concentradora del ingreso y empobrecedora de la población. Concentró sus ataques en los cambios realizados durante el gobierno de Enrique Peña Nieto (especialmente la política energética) y llamó neoporfirista a la política económica aplicada.

Se trató, otra vez, de discursos de campaña que siguen sin decir cómo hará las cosas y cómo dejará atrás las políticas neoliberales que tanto critica.

Si se busca regresar a los tiempos de Antonio Ortiz Mena, ni el contexto internacional, ni las características socioeconómicas del México de hoy corresponden a lo que se podía hacer en la etapa del Desarrollo Estabilizador de la posguerra.

Baste recordar que en los años 60 la población pasó de 38.17 a 52.09 millones de mexicanos.

Hoy somos más del doble, en el mismo territorio y nos hemos gastado parte de nuestros recursos no renovables.

Fueron discursos de campaña porque para justificar la Cuarta Transformación, requiere destruir el pasado reciente, pero el discurso olvida que justamente en el periodo neoiliberal, México transformó sustancialmente sus instituciones. En ese periodo se transitó a la democracia y se creó el IFE, hoy INE; el Banco de México adquirió su autonomía y la aplicación de la política monetaria perdió discrecionalidad; decisiones que antes recaían solamente en el presidente de la República empezaron a ser ratificadas por cámaras del Congreso; se firmó el Tratado de Libre Comercio, TLC, que la nueva administración respeta y no pretende cancelar; se creó el IFAI, hoy Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, INAI, que abrió a los mexicanos la información de las dependencias públicas y abrió la puerta a la transparencia; se creó la Comisión Nacional de Derechos Humanos … y un muy largo etcétera.

No reconocer esta parte de la historia es una simplificación que no ayuda a visualizar el México que López Obrador quiere construir. Un poco de generosidad en el discurso habría permitido ver una visión de Estado no sólo su propia óptica, pero el Presidente no hizo referencia a la fuerza institucional del país. Sólo reconoció como instituciones a las fuerzas armadas de las que él es el comandante supremo y al Congreso de la Unión que su partido controla.

Ésa es la actitud que preocupa.

 

 

Decano de la Escuela de Gobierno del Tec de Monterrey

@arturosanchezg

 

 

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