Dirigencia contra disidencia

Desde una perspectiva estratégica, toda dirigencia enfrenta, en la definición de una candidatura atractiva, el reto de lograr elegir al aspirante idóneo


Nada tiene más valioso un partido político que sus candidaturas. Y ninguna de estas es más valiosa que la del principal partido opositor a un gobierno debilitado. Por ello nada sorprende que, así en los partidos mexicanos como en los de todo el mundo, cada vez que hay que elegir candidato, los partidos, en especial los que tienen posibilidades de triunfo, viven con crudeza el drama que los define. Un partido es, al final de cuentas, una suma de liderazgos que se coordinan para construir una opción competitiva, misma que acaba favoreciendo ineludiblemente a alguno de estos liderazgos sobre los demás.

Le adelanto que no participo con ninguno de los proyectos que hoy buscan suceder al Presidente Peña Nieto, aunque por obvias razones a varios de los aspirantes dentro y fuera del PAN los conozco bien y respeto sus atributos y aspiraciones; en algunos casos, además, existe aprecio personal y una amistad que me distingue. Pero lo que le comparto aquí es una reflexión que se deriva, en la medida de lo posible, más de mis estudios que de mis preferencias personales. Juzgue usted.

Desde una perspectiva estratégica, toda dirigencia enfrenta, en la definición de una candidatura atractiva, el reto de lograr tres cosas simultáneamente: elegir al aspirante idóneo para ejercer el cargo en un futuro, cuya candidatura sea electoralmente atractiva, y que el propio proceso de selección la haga más competitiva (o al menos no le reste posibilidades de triunfo).

Para un adversario interno de esta dirigencia, su mejor oportunidad de lograr la candidatura depende de poder convencer a los integrantes del partido y quienes lo apoyan de que su valor electoral es sustancialmente mayor al de otros, y paralelamente, que su ausencia en la boleta (o al menos en el grupo de respaldo al candidato) resultaría muy costosa electoralmente. Y bajo estas premisas es que, una y otra vez, compiten los dirigentes y sus adversarios.

Y desde 1997 hasta la fecha, podríamos decir que el PRI ha ido construyendo una estrategia dominante (no sin fallas), que reside en evitar la confrontación directa de los adversarios más fuertes, ofreciendo a los perdedores otras candidaturas o espacios de poder, o cooptándolos de formas menos elegantes. En el caso del PAN, si bien ha habido esfuerzos exitosos con competencia interna (notablemente, la primaria presidencial que hizo candidato a Felipe Calderón) y con designaciones, en fechas recientes se ha consolidado esta segunda como una estrategia más común.

Creo sin embargo que en la definición reciente de la dirigencia del PAN frente a la candidatura de Margarita Zavala, se soslayó un argumento crucial en estos dilemas. Si por cualquier razón el acuerdo entre dirigencia y disidencia es imposible, la competencia, en forma de una consulta a la base militante o simpatizante, tiene la enorme virtud de vencer al derrotado. Es decir, una contienda interna debidamente cuidada minimiza el valor de chantaje de quien no es favorecido finalmente por la candidatura.

Y derivado de este menosprecio por la competencia, o de falta de creatividad en alguna fórmula de la unidad, hoy el Frente se ve mucho menos sólido que hace apenas dos semanas. En su seno muestra una fractura que parece ser estructural, y está sometido, sin muchos instrumentos, a la suerte de Margarita Zavala para sumar las firmas que requiere para ser candidata independiente.

Alejandro Poiré

Decano CSocialesTec

@AlejandroPoire

 

¿Te gustó este contenido?