El Papa Francisco

El autor de la carta exhibió, desde su punto de vista, la complicidad de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco I

Jorge Camacho / Diacrítico deportivo / Heraldo de México
Jorge Camacho / Diacrítico deportivo / Heraldo de México

Dos domingos atrás, 9/19/2018, Daniel Verdú publicó en El País el artículo La conspiración contra el Papa. El avezado periodista expone que Carlo Maria Viganó, ex nuncio en Washington y arzobispo, antes de publicar la famosa carta le había confiado al periodista Marco Tosatti, especializado en el Vaticano, su denuncia en contra de miembros de la jerarquía eclesiástica y de Francisco I, por encubrir los abusos del cardenal estadounidense Theodore McCarrick.

La misiva publicada por el ex nuncio en diferentes medios no tiene precedentes dentro de la Iglesia católica. El autor de la carta no tuvo reparos en exhibir, siempre desde su punto de vista, la complicidad de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco I. No dice Viganó, como sí Daniel Verdú, que el actual Papa, justamente, fue el único que afrontó el problema McCarrik retirándole la birreta púrpura el pasado julio, en el momento que tuvo la denuncia.

Las acusaciones han conseguido lo que hasta este momento parecía imposible: organizar a los adversarios de este papado en una trama que pretende derribar al pontífice, tras años de constantes ataques. Si nos remitimos a las cifras, la conjuración procede de la Iglesia de EU: 24 de los 30 obispos que apoyan las denuncias son de este país. Dentro del Vaticano, a decir de Verdú, no hay consenso sobre si se trata de una conspiración. Pero la carta no deja lugar a dudas de que Francisco I es un blanco señalado desde diferentes sectores. Es cierto que hay perplejidad por el mal manejo de la crisis abierta a partir de los casos de pederastia por parte de la jerarquía. Pero también, sin restar gravedad a los hechos, el uso y la manipulación de unos acontecimientos que paulatinamente se pierden de vista para enfocarse en una crítica sin contención hacia Bergoglio y lo que representa. Benedicto XVI acusó en 2008 directamente a los fondos de inversión de atentar en contra de la dignidad humana y promover un nuevo esclavismo; Francisco I se pronunció en contra de muros que separaran fronteras. La campaña de descrédito hacia el Papa actual parece perfectamente diseñada y operada por grupos ultraliberales en lo económico y ultranacionalistas en lo social que encuentran un obstáculo en una Iglesia que defiende la paz y la igualdad. Sostienen diferentes expertos en el Vaticano, como Andrea Tornielli citado por Verdú, que a la pérdida del simbolismo religioso y espiritual del papado se sucede la identificación del pontífice con la del director de una empresa multinacional, como si el Papa fuera un consejero delegado, los obispos fuesen sus gestores. Pero con un consejo de administración que también lo pudiera echar a él.

DIACRÍTICO: En este complejo contexto, la carta de Viganó es apenas relevante, dadas sus inconsistencias y omisiones, pero ha sido capaz de agrupar a unos adversarios nada despreciables en contra de Francisco I. La Iglesia no puede distraerse. Es necesario que esclarezca y consigne a los responsables de los abusos.

 

 

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