Desperdicio

No deja de sorprender la estrategia de José Tomás, que consiste en torear muy de vez en cuando

Heriberto  Murrieta / Blasones / Heraldo de México
Heriberto Murrieta / Blasones / Heraldo de México

A los 43 años está en plenitud de facultades pero él, inescrutable, misterioso, prefiere guardarse por largas temporadas, como un ermitaño que se aísla del mundo. Aún así, el gran torero que no torea es el máximo referente de la tauromaquia contemporánea. Diestro con valor y con valores, ha decidido salir del ostracismo para actuar el 22 de junio bajo la canícula abrasadora de Granada, tierra ensangrentada en tardes de toros, como cantara el genial Agustín Lara. José Tomás implementará una nueva fórmula: lidiará cuatro toros, mientras que el rejoneador Sergio Galán enfrentará dos. Una pena que se calce la taleguilla tan esporádicamente.

José Tomás siempre ha asumido el reto de ser torero con todas sus aristas, sin buscar salvoconductos para aliviarse, esto es, aminorar el peligro inherente a la acción de ponerse delante de un toro. Sabe que torear implica arriesgar. Expone en todo momento, siempre se pone, nunca retrocede, destierra los ventajismos, pisa terrenos comprometidos, acorta las distancias y se pasa muy cerca a los toros, imprimiendo a su ejecución una emoción incontenible.

Fiel a su estilo hierático, a su concepción del espectáculo como rito, dignifica la profesión, no habla con la prensa, no dramatiza sus percances ni se hace la víctima. Entroncando con Manolete, entiende el toreo como arte y como drama. José Tomás es el torero por antonomasia.

El enigmático diestro ha dicho que vivir sin torear no es vivir. Sin embargo, decía antes, una estrategia extraña y difícil de comprender lo lleva a torear unas cuantas tardes o una sola o ninguna a lo largo de todo un año. Un contrasentido monumental, un desperdicio, una emoción interrumpida, una inercia cercenada, la miel que vuelve a la caña. Con ese planteamiento mercadotécnico logra hacerse deseable y cuando al fin decide salir de su reclusión, todo el mundo lo quiere ver y puede pagar dinerales por una entrada. Más, si consideramos que impide enérgicamente que sus actuaciones sean transmitidas por televisión.

Dicha postura es respetable. El toreo se disfruta más in situ y la televisión tiende a enfriar lo que se vive en la plaza. La suertes pasan por un filtro electrónico que en cierta forma las distorsiona. La locura colectiva que despiertan algunas faenas, se diluye inevitablemente en los televisores.

Sin embargo, si se dejara trasmitir podría contribuir en gran medida a dar la difusión positiva que tanto necesita la Fiesta, porque la mayoría de sus actuaciones resultan apoteósicas y en ellas se ponen de manifiesto los valores esenciales del espectáculo como son el valor, la entrega y la competencia leal, en un marco de insólita creación artística con el toro aliado.

En este sentido, el máximo símbolo de la tauromaquia se ha quedado corto, en términos de impulso y difusión de una liturgia golpeada ferozmente por asustadizos, antitaurinos desinformados y políticos oportunistas.

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