El muro, una pugna definitoria

No es la primera vez que un Presidente trata de imponer sus ideas para darle la vuelta al Legislativo

José Carreño / Desde afuera   / Heraldo de México
José Carreño / Desde afuera / Heraldo de México

Si el presidente Donald Trump fuera un jugador sería de esos que doblan sus apuestas aún frente a circunstancias negativas.

Trump ha mantenido el tema de la muralla en la frontera con México a tal grado que se ha convertido en el símbolo de su gobierno y cada tropiezo lo lleva a tomar medidas mayores.

En buena medida, la situación podría ser considerada como parte de lo que es un tradicional conflicto entre Poderes: un Presidente determinado a cumplir sus promesas, un Congreso celoso de sus prebendas y sensible a intereses de todo tipo.

No sería la primera vez que un Presidente tratara de imponer sus ideas o ejercer poderes discrecionales para darle la vuelta a un Poder Legislativo renuente. Barack Obama, su predecesor, uso los poderes de su oficina para implantar un sistema de atención a la salud y otorgar permisos de estancia a los hijos de indocumentados.

Trump lleva dos años en el empleo de desmantelar el aparato de salud y mantiene presión en contra de los soñadores, con la simpatía de sus electores.

Pero la idea de la muralla pasó de simple lema de campaña a reclamo, y ahora, a ser lo que algunos en Washington describen como el eje principal de su política.

El muro como tal sería un punto menor, pero el orgullo de Trump —y su imagen ante los estadounidenses y en especial de sus seguidores— está en juego.

Es su idea de autoridad presidencial, de lo que él considera como la demanda de sus electores y su derecho.

Trump alega una crisis en la frontera, pero en gran medida, como dicen los demócratas, es una crisis fabricada.

Las caravanas de centroamericanos y la llegada de niños solos a la frontera no son nuevas. Pero ocurrieron en medio de una acalorada campaña electoral y se convirtieron en lo que Trump y sus aliados calificaron como una amenaza a la seguridad nacional.

Trump llegó al poder sobre una oleada populista y de descontento respecto a la aparente ineficacia del gobierno para resolver los problemas del país, simbolizados por una inmigración supuestamente incontrolada y fronteras desprotegidas, así como un comercio internacional con grandes déficits. Pero las cosas no son tan simples y las soluciones tampoco.

Trump no tenía experiencia política ni antecedentes de administración pública. Habituado como empresario a resultados tangibles en relativamente poco tiempo y una visión estrictamente mercantilista de la economía.

Nada de eso lo reparó a enfrentar el juego de la política ni la diversidad de intereses en la mezcla.

Ahora, trata de enfrentar el problema que él creó con medidas cada vez más fuertes e invoca poderes de emergencia para una situación que lleva décadas en desarrollo.

Trump no gusta de retroceder ni declararse vencido. El Congreso, y en especial los demócratas, no van a ceder sin concesiones que el Presidente no ha querido hacer.

La pugna, en todo caso, puede tener enormes consecuencias para Trump y para Estados Unidos.

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@carrenojose1

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