Deportados, jovencitos y mendigos

México no tiene un programa nacional e integral que dé seguimiento a la vida de los migrantes de retorno, por lo menos seis meses. Ni para adultos ni para niños, y menos aún a los adolescentes que quedan a la deriva, regularmente en la soledad, porque sus padres indocumentados en Estados Unidos se quedan al cuidado de otros hijos.

David Alejandro Eligio es un muchacho de 19 años que durante casi tres años ha luchado contra la mendicidad en la Ciudad de México, donde escogió vivir poco después de que lo echaran de Monroe, Carolina del Norte. Su madre sólo pudo darle 24 dólares. Tenía cuatro hijos más para mantener y no gana mucho. A ver qué haces, le dijo.

En Nogales, Sonora, lo recibieron agentes del Instituto Nacional de Migración, con una sonrisa, y lo dejaron libre para que hiciera lo que quisiera. No fue canalizado a los albergues del DIF, porque ahí sólo reciben a niños menores de 12 años. Tampoco a las casas del YMCA que recibe a adolescentes si ellos quieren.

Alex (como él mismo se llama), no quería seguir en la frontera por miedo a ser reclutado por el crimen organizado si intentaba cruzar nuevamente, como bien lo ha documentado la Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) en informe sobre los Niños Circuito publicado en 2015.

Los grupos criminales que controlan el negocio del cruce fronterizo reclutan a menores de edad porque son muchos (EU deporta anualmente alrededor de 15,000) y porque saben que pueden usarlos una y otra vez: si los detienen las autoridades estadounidenses sólo los deportan; en cambio, los adultos detenidos son juzgados como narcotraficantes.

Alex no quería arriesgarse ahí o en Huitzuco, Guerrero, de donde emigró a los ocho años igual que todos sus parientes, por eso tomó un camión a la capital mexicana, donde encontró un albergue católico, pero sólo le permitieron quedarse tres meses para dar oportunidad a otros repatriados recién llegados.

Nadie se enteró de su depresión; sin techo, comida o dinero para llamar a su familia y pedirle unos dólares. En la calle lo miraban con recelo, por hablar en inglés con otros deportados que conoció vagando por el Centro Histórico.

A través de ellos, se enteró de que la opción más rápida de hacerse de al menos 3,000 pesos al mes, para personas bilingües con nivel medio de estudios, como él, eran (son) los call centers. En uno de ellos consiguió su primer empleo. Pero no duró mucho porque le cambiaron el horario de salida a las 11 de la noche, y ya no alcanzaba el transporte público para llegar al cuarto que rentaba en el Estado de México.

Así se quedó otra vez en las calles: sin trabajo no pudo pagar la renta, hasta que hace poco encontró empleo en otro call center con mejor horario. Dice que sobrevive por amor a la música, por su sueño de cantar rap algún día en algún escenario, sea en EU o en México, aunque aquí casi siempre tiene hambre.

¿Te gustó este contenido?