Democracia e instituciones

Suponer que la honestidad del Presidente y sus colaboradores los hace diferentes, es pretender que vivimos en otro planeta

Ezra Shabot / Colaborador / Línea Directa
Ezra Shabot / Colaborador / Línea Directa

La única posibilidad de mantener viva y sólida a una democracia es a través del fortalecimiento de sus instituciones, que garanticen los equilibrios indispensables para evitar los abusos de la concentración del poder.

Los pensadores del liberalismo político y económico coincidían en un punto central: si no existen los mecanismos concretos para que una persona o un grupo acumule dinero o fuerza política sin límite, esto se producirá como parte de una tendencia natural de los mercados, ya sean éstos económicos o estrictamente políticos.

De ahí no sólo la indispensable división de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, sino la necesidad de contar con una prensa libre, además de organismos de la sociedad civil que sean capaces de denunciar y ejercer la presión suficiente para evitar los excesos de los concentradores de poder.

La llamada democracia liberal, aquella que permite el acceso a los cargos de elección popular de aquellos políticos no comprometidos con mantener las libertades que constituyen el eje fundamental del liberalismo político, no es más que la recomposición del autoritarismo, pero revestido de la legitimidad de unas elecciones, sin el resto de los componentes sin los cuales la democracia es un cascarón sin contenido.

Convertir a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y al Instituto Nacional Electoral (INE) en apéndices del Poder Ejecutivo, ya sea a través del nombramiento de militantes del partido en el poder como titulares de dichas dependencias, o de plano anulando su capacidad de intervención real en sus ámbitos de competencia, aumenta la centralización de las decisiones en el titular del Ejecutivo y disminuye la vigilancia que debe de existir desde la sociedad hacia el gobierno en toda democracia liberal.

Suponer que la honestidad del Presidente y sus colaboradores los hace diferentes al resto de la clase política, ya sea en México o en el resto del mundo, es pretender que vivimos en otro planeta.

Todo político sin límites de acción y temporalidad, como todo empresario sin restricciones de participación en el mercado, tenderán a ampliar su espacio y poder ad infinitum.

Por supuesto que en los regímenes autoritarios la toma de decisiones es más ágil y rápida que en el tortuoso camino de la burocracia democrática.

Pero el daño que se causa a los perdedores en estos gobiernos es descomunal.

La represión y ausencia de canales de defensa de la sociedad ante el poder político centralizado, terminan por destruir la voluntad ciudadana sometida a los dictados del presidencialismo absoluto.

Ése es el riesgo de vivir sin instituciones fuertes, y confiar en el voluntarismo del líder que se asume como diferente a todos sus antecesores en la historia reciente de México.

POR EZRA SHABOT
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@EZSHABOT

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