Dedazo disfrazado, el método de Anaya

Ricardo Anaya está acorralado por sus propios excesos y el principal obstáculo para el éxito de su proyecto presidencial es él mismo.

Dedazo disfrazado, el método de Anaya

La decadencia del PRD, el pragmatismo de Movimiento Ciudadano y su propia marrullería como presidente del PAN permitieron a Ricardo Anaya vencer los obstáculos hasta prácticamente consolidar una coalición, como ratificó este 20 de noviembre ante el Instituto Nacional Electoral (INE), pero ahora está acorralado por sus propios excesos y el principal obstáculo para el éxito de su proyecto presidencial es él mismo.

Anaya lo sabe bien: La imposición en el PAN es sinónimo de derrota.

Y esa es la primera aduana para convertirse en el candidato del Frente Ciudadano por México, avalado prácticamente por unanimidad en las tres fuerzas, pero con una disputa por la candidatura presidencial que le arrojará altos costos para él mismo que se asume predestinado para el cargo.

En el PAN los intentos de dedazo han sido aplastados en dos ocasiones consecutivas después de que, en el 2000, Vicente Fox se autoimpuso como candidato a la Presidencia de la República, porque Diego Fernández de Cevallos se negó a enfrentarlo.

En los procesos internos para las elecciones presidenciales de 2006 y 2012 las cosas fueron muy distintas, porque en ambos casos el candidato oficial, el pretendido impuesto por dedazo, denominado también incumbente, resultó derrotado.

En octubre de 2005, Felipe Calderón venció a Santiago Creel con 51.79% de los votos de las tres rondas de votación en que se dividió la contienda interna. El exsecretario de Gobernación, quien recibió sólo 24.7% de los sufragios, fue identificado desde el inicio mismo del gobierno de la alternancia como el candidato oficial de Fox y su excompañero de gabinete encabezó la inconformidad que esta intentona de imposición generó.

Seis años después, Calderón sufriría como Fox una derrota al pretender imponer, a su vez, a Ernesto Cordero como el candidato presidencial del PAN, al ser vencido éste por Josefina Vázquez Mota con 53.9% de los votos panistas por 38.9%.

Por eso Anaya se opone a un proceso interno democrático en el PAN para definir al candidato, porque sería derrotado por la imposición que encarna. Y aunque la Comisión Permanente aprobó el método ordinario –la consulta a los militantes–, él trasladó la decisión a la coalición que, ya se sabe, será el consenso, un dedazo disfrazado.

¿Qué va hacer Anaya con los otros cuatro aspirantes a la candidatura del PAN, dos de ellos que claramente están trabajando para serlo: Los exgobernadores Juan Carlos Romero Hicks y Rafael Moreno Valle? Sólo dice que habrá consenso.

Los que advierten de la falta de legitimidad de que tendría como candidato presidencial del PAN no son sólo sus adversarios, sino aun aliados como Juan José Rodríguez Prats, presidente de la Comisión de Doctrina. La falta de legitimidad de Anaya, afirma, podría profundizar la crisis en ese partido.

Su candidatura no sólo sería espuria, como la definió Roberto Gil Zuarth, sino generaría una estrategia de brazos caídos en el PAN, letal para su proyecto, aun cuando sea también el candidato del Frente.

Acorralado por sus excesos, Anaya ganando pierde.

 

 

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