De Rubén Jaramillo a Samir Flores

De mal fario y ominosos, los hechos de sangre con los que inicia la regeneración nacional, urge dar sentido a la 4T

Gregorio Ortega / Esa política / El Heraldo de México
Gregorio Ortega / Esa política / El Heraldo de México

A Rubén Jaramillo no lo ejecutaron solo, con él se llevaron a su esposa embarazada y a sus tres hijos. Hasta la fecha nadie ha desmentido la pertenencia de los sicarios al Ejército Mexicano. A Adolfo López Mateos tampoco se le perdonó el encierro de David Alfaro Siqueiros, los líderes ferrocarrileros y el maestro Othón Salazar: fueron la semilla de la Guerra en el Paraíso.

Lo ocurrido en Tlahuelilpan, el descubrimiento de más y nuevas fosas clandestinas, el repunte de las muertes violentas en los meses de diciembre y enero, el secuestro de las lideresas de Guerrero y reaparecidas como por milagro, ¿deben considerarse el preludio de la ejecución de Samir Flores, así como el ominoso anuncio de más años de violencia y muerte a pesar de estar iniciada la Guardia Nacional?

Queda la sensación de que México es un país fiel a él mismo: los usos y costumbres en las luchas por el poder son inalterables, a pesar de instituciones que garantizan el ejercicio primario de la democracia, acompañado del mito del padrón electoral, pues hicieron de la credencial del INE la casi única posibilidad de identificarse para realizar cualquier trámite. Eso ha de cambiar.

Fiel a él mismo porque los enemigos políticos continúan desapareciendo por mostrarse diferentes u opuestos a las políticas públicas que a nada conducen, o porque en algún momento de lucidez infantil decidieron empeñarse en defender el derecho y la ley a pesar del Derecho y la Ley, torcidos por las interpretaciones legales de la SCJN, por las facultades metaconstitucionales del Poder Ejecutivo, y por el intento de restaurar una presidencia imperial que estorba la consolidación de las instituciones democráticas.

Disponerse a recorrer el tramo de la vida política que va desde la ejecución de Rubén Jaramillo y su familia, hasta la de Samir Flores, equivale a estar dispuesto a nadar en un proceloso río de sangre y perderse en esas fosas clandestinas de las que se desconoce fecha de inauguración.

Me esfuerzo por recordar al pie de la letra lo escrito por Carlos Monsiváis como colofón al sexenio de Adolfo López Mateos, porque México era un país en el que se pensaba en silencio y se hablaba en susurros, no fuera a perderse la vida de idéntica manera a como se les fue a los que no estaban de acuerdo, y tampoco se les podía mantener vivos y con la boca callada. Retomo las palabras y me atengo a su significado, porque efectivamente es un anuncio de mal fario y un contexto ominoso en que se dan estos sucesos de sangre al momento en que se intenta una regeneración nacional que debió iniciar con la propuesta de la reforma del Estado, y alejarse de ese intento de restauración que a Enrique Peña Nieto tanto le costó.

Es cierto que ahora los juicios de la historia suelen ser mediáticos, discutirse en la sociedad y en las diversas tribunas, pero los que se necesitan para poner orden y recuperar la cordura se efectúan en los juzgados y, con la reforma constitucional penal en marcha, han de ser orales y públicos, de otra manera viviremos más de lo mismo.

 

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