De Roma a Los Pinos

El mensaje es claro sobre la apertura de la residencia, pero no ayuda que se utilice de ejemplo para hablar de ese México de buenos contra malos

Héctor Escalante / Articulista invitado / El Heraldo de México
Héctor Escalante / Articulista invitado / El Heraldo de México

Alfonso Cuarón retrata de manera extraordinaria en su película Roma una parte de la Ciudad de México y su zona conurbada en los años 70. Acompañando a las imágenes, hay distintos sonidos que complementan la extraordinaria fotografía: lo mismo escuchamos a un camotero, un afilador de cuchillos o una la banda de guerra que la música representativa de aquellos años, pasando por las baladas, el rock o la música popular.

Roma se ha visto envuelta en la polémica desde hace meses. La batalla entre el director y los cines comerciales para exhibirla se dio mayormente en las redes sociales. Sin llegar a un acuerdo entre las partes, el resultado terminó en una innovadora manera de exhibir el filme del director mexicano ganador del Oscar.

El rock urbano hace una breve aparición dentro de la película, cuando en los suburbios de la ciudad, en Neza, que representa aquellas zonas olvidadas hasta hoy por los gobiernos y que siguen siendo botín electoral y lugares de promesas incumplidas de campañas políticas, se escucha dentro de una casa a un trío de músicos aficionados intentando ejecutar algún cover de la época, sin mucho éxito, por cierto.

La Residencia Oficial de Los Pinos recientemente abrió sus puertas al público. Dejó de ser la casa de los presidentes. Desde Lázaro Cárdenas hasta Enrique Peña Nieto, en total, 14 mandatarios habitaron la residencia. Hoy se convirtió en un lugar público, con miles de visitas, y últimamente, en una sala de cine al aire libre, con Roma como primicia.

Las sensaciones que nos invaden al ver Roma son tanto visuales como auditivas; durante la película son tan importantes unas como otras. Casi se puede sentir lo que los protagonistas ven y escuchan; cada sonido es un recuerdo del pasado y evoca un pensamiento de nostalgia por aquello que se fue perdiendo con el tiempo.

Cuarón no sólo nos demuestra que es un director extraordinario. Roma es emotiva, fuerte y provocadora de sensaciones profundas en cada uno de los espectadores que la han visto, pero, al mismo tiempo, el director nos mostró que una película puede romper paradigmas de distribución y ser publicitada de distintas maneras.

Roma es un filme que nos deja muchos mensajes y reflexiones. Nos deja también dolor, lágrimas y sonrisas, su música nos acerca a saber que sienten sus personajes y nos recuerda a algunos inmortales como Juan Gabriel, José José, Bátiz o Pérez Padro. Todos ellos forman parte de una atmósfera perfecta que acompaña al blanco y negro de las largas y emotivas secuencias.

Durante estos días, Roma llegó a Los Pinos, sin duda un acierto, un acierto que no debe polarizar, ni politizar. El mensaje es claro sobre la apertura de la residencia, pero no ayuda que se utilice de ejemplo para hablar de ese México de buenos contra malos, o ricos contra pobres.

Celebramos que se le dé buen uso a la que fuera casa de los presidentes, pero no celebramos que sea parte de un mensaje político y de división entre mexicanos.

En hora buena por Alfonso Cuarón, por su extraordinaria película y por la maravillosa imagen y música que la acompaña. En hora buena por la manera en que se exhibió antes de que llegara a Netflix este fin de semana. En hora buena por los nuevos espacios para ver cine, que este no sea otro ejemplo de división y politiquería. Eso no le hace falta ni a Roma, ni al país.

 

Por HÉCTOR ESCALANTE

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