De Pejes y sapos


Andrés Manuel López Obrador lo había intentado todos los días, hasta que el viernes pasado visitó Tecamac, en el Estado de México, –gobernado tres veces por un priista acusado de corrupto– y volvió a lanzar el mismo anzuelo: no nos interesan –dijo– las dirigencias de los partidos; vamos por sus militantes.

Más sabe AMLO por viejo, que por diablo. El tres veces candidato a la presidencia machacó y machacó hasta que Ricardo Anaya y Alejandra Barrales mordieron el anzuelo y el fin de semana anunciaron que sus partidos impulsarán un frente en la elección presidencial.

Eso era lo que López Obrador deseaba: que los líderes del PAN y del PRD anunciaran a los cuatro vientos que van juntos en la elección de 2018. Si Nico, su chofer de antaño, hubiera andado por ahí, seguramente le hubiera pedido que le tocara Que culpa tiene la estaca, de su ídolo Chico Ché:

Qué culpa tiene la estaca/si el sapo salta y se ensarta/si el sapo salta y se ensarta/la culpa no es de la estaca/taca taca que taca y taca…

En el centro de un gran escenario semi vacío en el que solo estaban él, Delfina Gómez y tres personas más, vestido de negro y blanco como un alegre mesero veracruzano, ahí estaba López Obrador, el mismo de las dos campañas previas, el de siempre: ocurrente, retador, bocón, irreverente, necio, paternalista, imprudente, bromista, regañón y más convencido que nunca de que tiene la razón.

No queremos nada con las dirigencias –punzó–, queremos a la militancia: sus choferes, sus trabajadoras domésticas y los policías, ya están con Morena, la mayoría, lo mismo que los maestros y los soldados, que son pueblo uniformado.

López Obrador cree más que nunca en su instinto y en nadie más que él. Es su apuesta conquistar a la militancia del PRD, en vez de sentarse a negociar.

Hace unos días quedó claro que se va a morir en la raya para ganar o perder el Estado de México, cuando el primer círculo de la maestra Delfina Gómez se encontró con Juan Zepeda. Le pidieron que declinara en favor de ella, y el candidato del PRD les dijo que la decisión era que la estructura de su partido apoyara a Gómez, pero López Obrador no quiso.

Zepeda pidió una salida digna para declinar en favor de Delfina, pero Andrés Manuel dijo que no. Qué no va con las dirigencias. Que confía en que está convenciendo a los militantes de sus partidos rivales.

El platillo que AMLO quería servido en su mesa era el anuncio de un frente PAN-PRD para proclamar que ahí está la prueba de que son lo mismo que el PRI: Cuando el pueblo decide que haya un cambio –dijo ese viernes–, va a ocurrir; lo quiera o no, la mafia va´ pa fuera.

Quienes quieren o detestan a López Obrador ya tienen clara una cosa: le signifique ganar o perder la elección, Andrés Manuel no le va a hacer caso a nadie. El peje morirá o vivirá por su propia boca.

 

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