De ghee a gnocchi con ondita

Agradezco a quienes les gusta escucharme y leerme, así, malfatti como soy, suertuda como soy, complicada como soy

De ghee a gnocchi con ondita
Si yo fuera pasta sería un malfatti. El nombre me va. Malfatti quiere decir mal hecho, así como yo, llena de aristas y deficiencias; o sea, no venimos de un molde, y nos encanta. Me gusta la idea de parecerme a una pasta que así, habiendo nacido de ricotta, algo de parmesano, harina y huevo, despierta pasiones casi oscuras.
La primera vez los probé ahí en el restaurante al que me gusta regresar por su cocina franca, sin pretensiones y porque sirven el malfatti del mundo, lo sirvieron con muchos tomates pequeñitos rojos y amarillos, de los más lindos que he visto. Volví a ir a Altro Paradiso, del uruguayo Ignacio Mattos en Manhattan y el malfatti fue nuevamente celestial, con un caccio e peppe – aquella preparación romana de queso y pimienta y emulsionada con el agua de la pasta – y en una mesa redonda de mármol con un Barbaresco del 79, sonreí muchísimo.
No sé si mi condición sea de tratamiento médico, pero pienso en comida gran parte del tiempo. Así como cuento anécdotas neoyorquinas de días helados para la piel, pero soleados para el alma. Se me ocurren proyectos, busco recetas, pienso en historias.
Estos días -claramente además del malfatti-, traigo en la cabeza copas, el Veneto italiano y la mantequilla clarificada. Vaya combinación. ¿Copas?, es que realmente cada vez me gustan más y aplaudo los restaurantes que tienen consciencia de la relevancia de dónde y por qué debe servirse el vino. Lo mismo hablo mientras camino de lo seductor que es beber un Borgoña en unas Zalto,  lo terrible que me parecen las copas tipo flauta para el champagne o las ganas, ganísimas, que le traigo a unas Pompadour para espumosos, de cristal y de colores, así con la forma del seno de aquella famosa amante cortesana con el mismo nombre.
¿Veneto italiano?, sí y no por Murano ni por recordar una vista que hace años hice con un novio y muy enamorada a la colección cerrada de los caballos de San Marcos; no, porque ando en búsqueda del mejor Prosecco y de una casita por allá entre viñedos para recibir a los que en veinte años quieran seguir conmigo. La mantequilla clarificada sin duda es el más bizarro de mis pensamientos. Uno, porque no comprendo el sabor de aquella bebida que leo en revistas y de la que hablan líderes de opinión y senseis, el hoy famoso bulletproof coffee y sobre todo, porque me intrigan las modas que remiten a la filosofía de oriente. Y me intrigan sus groupies. Así mis días, entre oro líquido indio famoso por sus cualidades terapéuticas, búsquedas de recetas de cocineros sudamericanos y ganas de copas de formas osadas. Agradezco a quienes les gusta escucharme, leerme, así, malfatti, suertuda como soy, complicada. Qué podrían esperar de alguien que le gusta tener un símil primo del gnocchi, pero evidentemente, con ondita.

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