Crónicas transatlánticas del exilio español (Cuarta Entrega)

Anamari Gomís es, al igual que yo, una "suma mermada por infinitas restas..."; Ella comparte con mi familia...

Luis de Llano / Crónicas
transatlánticas
del exilio español / Heraldo de México
Luis de Llano / Crónicas transatlánticas del exilio español / Heraldo de México

El célebre escritor Sergio Pitol dijo alguna vez: no se concibe un narrador que no se asome a su propia biografía. Y en ese sentido, mi amiga Anamari Gomís es, al igual que yo, una suma mermada por infinitas restas…

Ella comparte con mi familia un cúmulo de palabras e imágenes que escuchamos contar, ella de sus padres, los Gomís-Iniesta, y yo de mi padre y de mis abuelos, los De Llano-Palmer.

He echado mano a algunas de las líneas que Anamari Gomís ha escrito en su emotiva novela Ya sabes mi paradero en el cual relata historias de personajes imaginarios que de igual manera pudieron ser mi padre, mi abuelo o abuela, o su propio padre y madre, pero también mis tíos, los amigos de la familia o cualquiera de los millares de hombres, mujeres, niños y ancianos que a través del Atlántico hicieron un viaje de 10 mil kilómetros desde la costa de Francia hasta América, a través de un océano patrullado por submarinos alemanes, hacia un destino incierto, pero también esperanzador en el México hospitalario de la era Cardenista.

Esta es la historia de Ana, Julián y Lorenzo una familia que viaja a México huyendo de la guerra, y este es el relato imaginado por Anamari Gomís que aquí me permito transcribir:

Julián llegó por la noche con una manifiesta actitud de alarma… le centelleaba la mirada y Ana supo de inmediato que algo muy grave sucedía. Primero se detuvo, se humedeció los labios con la punta de la lengua y luego anunció de tajo que los alemanes habían entrado a París.

Hacia la madrugada, la decisión se había tomado ya, y a pesar de la absoluta confianza que Ana depositara siempre en su marido, de sólo saber que la resolución significaba otro destino cada vez más lejos de España, aunque quizás menos atribulado que ese oscuro presente, la pena y el cansancio la hundieron en un sillón frente a la ventana de la sala. Desde allí miró el horizonte que clareaba… Ocurría París…

Entrar a Burdeos fue un renacimiento… El puerto devolvía la confianza en la vida, pero infundía un remolino de de nuevas ansiedades. Su destino sería la República Dominicana o donde fuese que no hubiera fascismo. Empezó a oscurecer. Se aproximaba la hora del abordaje y con ella la sensación de libertad que infunden los viajes. Los refugiados fueron llenando el muelle.

Todos escaparían del fascismo. Poco después se abordaba el Cuba, con cierto desorden. Julián se había empeñado en presenciar el zarpaje, así que se mantuvo de pie por largo rato. Deseaba hallar el hilo narrativo que unía a los últimos sucesos: de la estación de St. Lazare a la llegada a Burdeos, y la noticia que pronto dominó los titulares de los diarios, del tren bombardeado durante su trayecto al puerto.

Nadie escapo de los proyectiles. Se lo dijo a una Ana estremecida que percibió con claridad un flujo de adrenalina recorriéndole todo el organismo, pero aquietó a su marido. No nos tocaba, Julián. Y ambos lo creyeron.

Como era el campo de concentración? le preguntaba Ana a Vicente. Y Vicente, a todas trazas muy joven hubiera preferido borrarse de la mente aquellos lugares en los que no había barracas, ni letrinas, ni agua potable. No quería pensar en las playas donde reunían a todos los que se negaban a alistarse en la Legión Extranjera.

Aquello consistía en una prisión de alambres y agua salada, en la que muchos refugiados españoles morían con las cabezas cubiertas de piojos y la piel llena de sarna.

Entretanto, la gente se acostumbraba a la rutina del Cuba y no se vivía ya de sobresalto en sobresalto. Si aún se temía al encuentro, la pericia del capitán Jean Mace despertaba la fe de muchos, incluso la de casi todos aquellos que planearon, de llegar el momento, amotinarse.

El Cuba se acercaba ya a Santo Domingo, y todos se revolvían en expectación, con nerviosismo, como si después de una larga etapa de gestar se les fuera a venir el parto a todos.

El desánimo empeoraba, fue entonces cuando el presidente de México, el General Lázaro Cárdenas, que ya había aceptado una inmigración masiva de españoles republicanos, se enteró de la situación de los viajeros del Cuba.

De inmediato tomó las providencias necesarias para que su país abriera de nuevo las puertas a estos refugiados. ¡México, decían los contentos, con un sonido muy gutural. Y a los pocos días otro barco los conducía al puerto de Coatzacoalcos.

México olía a manzanilla recién cortada, con gusto a miel y nata. Lorenzo preguntaba por su padre, lo buscaba entre los hombres que transitaban en las calles y entre los médicos que visitaban el albergue. Una mañana, a pocas horas antes de recibir un telegrama en el que Julián comunicaba que estaría allí hacia las dos o tres de la tarde Ana y Lorenzo paseaban solos por una avenida de grandes palmeras… Hubiera Ana podido entonar esa canción que decía: y tú, ¿quién sabe por dónde andarás, quien sabe que aventura tendrás, que lejos estás de mí?.

De regreso en el albergue, que apenas se encontraba a unas cuantas cuadras de distancia, no podía haber habido mejor sorpresa que ver a Julián, ahora transmutado en un galán tropical, así lo miraba Ana, aunque Julián llevaba puesto el mismo traje marrón claro con el que se embarcó en Burdeos y continuaba siendo tan europeo como siempre… Hoy mismo, Ana, saldremos a buscar un departamento para vivir. Me han dado trabajo.

Julián se dedicaría a dar comentarios políticos en la radio, lo cual a Ana le pareció muy bien, dado que su marido poseía una voz vibrante y arrebatadoramente masculina. Ya podían empeñarse en la búsqueda de un departamento.

El primer domingo fueron a Chapultepec Lorenzo se sentía feliz y comenzaba a hablar con soltura. Corría el mes de agosto y hacía un clima estupendo. La vida familiar y la tranquilidad de la Ciudad de México volvían optimistas a los Soler con respecto al futuro…

Lorenzo estaba por cumplir cuatro años. -¿Qué quieres que te regalemos?- le preguntaba Ana. -¿Qué quieres que te regalemos?-… ¡Quiero un traje de charro!, como los de los charros de las películas -repetía Lorenzo.

ORIGEN.
La familia De Llano llegó a México durante la migración provocada por el triunfo del franquismo. Foto: Especial

POR LUIS DE LLANO MACEDO

PRODUCTOR

HERALDODEMEXICO.COM.MX 

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