Un mundo resiliente: ¿la herencia del COVID-19?

La destrucción de la naturaleza no es ajena a la pandemia

Isabel Studer / Columna Invitada / El Heraldo de México

Con una pandemia difícil de contener, una recesión económica tan severa como la de 2008 y una crisis climática en el trasfondo, hoy atravesamos uno de los momentos más dramáticos de la historia reciente de la humanidad. Esta triple crisis expone las fallas en nuestro sistema de vida y pone a prueba nuestra voluntad para transformarlo en uno más incluyente y resiliente.

La pandemia ha exhibido la fragilidad de las estructuras económicas y sociales, por la precariedad del trabajo, la vulnerabilidad de quienes operan en la economía informal y, por los endebles y deteriorados sistemas de salud. Además, ha mostrado la conexión inexorable que existe entre el ser humano y su entorno natural. Aunque no queramos admitirlo, la destrucción de la naturaleza no es ajena a la pandemia. La multiplicación de enfermedades por virus transmitidos de animales a humanos resulta tanto de la acelerada destrucción de hábitats como de una mayor demanda por proteína animal asociada al vertiginoso crecimiento demográfico. En una época en la que abundan los nacionalismos, la polarización política y los gobiernos populistas que desprecian a la ciencia, el COVID-19 ha expuesto el desgaste del Estado y su incapacidad de reacción a la transmisión del virus y para ofrecer soluciones eficaces a los enormes retos que supone la triple crisis que enfrentamos.

Paradójicamente, este contexto excepcional reclama el liderazgo del Estado y no del mercado. Es el Estado quien debe encauzar la acción colectiva, no con medidas autoritarias, sino a través de la concertación social para convertir al capitalismo salvaje y globalizado en uno solidario. Las viejas fórmulas que proponían invertir en grandes obras de infraestructura, como refinerías, aeropuertos, o el rescate de bancos, como sucedió con la crisis de 2008, ya no funcionan. Terminan agravando problemas, como la desigualdad.

Hoy, los más vulnerables: pobres, mujeres, niños, jóvenes, trabajadores informales y las pequeñas y medianas empresas, deben ser el centro de los programas de reactivación económica. Son cada vez más las voces, incluso empresariales, que abogan por el fortalecimiento de los sistemas de salud, programas que ofrezcan un salario de subsistencia a los más pobres, sistemas educativos orientados a enriquecer al capital humano, y por otros esquemas de resiliencia social a favor de la seguridad alimentaria y energética. Está surgiendo un consenso mundial para ampliar la inversión en la conservación y restauración de la naturaleza que impidan nuevas pandemias.

El COVID-19 puede ser una oportunidad para reinventarnos, construir un mundo más incluyente y resiliente, y para aprender a actuar oportunamente frente a una mayor crisis existencial, la climática.

POR ISABEL STUDER

DIRECTORA, SOSTENIBILIDAD GLOBAL AC

ISABEL.STUDER@SOSTENIBILIDADGLOBAL.ORG

@ISASTUDER

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