La oportunidad del COVID-19

En ese sentido, la pandemia del COVID-19, que se ha esparcido por los cinco continentes, nos ha abierto los ojos ante fenómenos que no veíamos

Jorge Iván Domínguez / El Heraldo de México / Columnista

Tomar con sabiduría las cosas que acontecen en nuestra vida es parte fundamental de aprender a vivirla. La sabiduría, a diferencia de la información o el conocimiento, se basa en entender la impermanencia de los sucesos que atravesamos y, por qué no decirlo, de la existencia misma. Ante esta gran verdad, y frente a la presencia de eventos que escapan de nuestro control, caemos en cuenta de que lo único que podemos controlar es nuestra interpretación de los hechos y cómo reaccionamos ante ellos.

En ese sentido, la pandemia del COVID-19, que se ha esparcido por los cinco continentes, nos ha abierto los ojos ante fenómenos que no veíamos, algunos porque los dábamos por hecho, y otros más por desconocimiento.

De modo que, entre lo más valioso que nos ha revelado este virus, hoy descubrimos que nuestra existencia está ligada a la de los demás seres; es decir, nuestra existencia es en realidad una coexistencia que se sostiene de un maravilloso pero frágil equilibrio.

Asimismo, la pandemia nos ha hecho ver lo frágiles que somos; lo poco que importa lo que hacemos en comparación a los motivos -tal vez ya olvidados- por los que lo hacemos; y de la insignificancia de lo importante ante el peso de lo esencial, nos ha regresado un poco al ser más que al hacer o al tener.

Resultado de ello, las redes sociales se han inundado de historias en las que se observa a las personas jugando nuevamente con sus perros; amigos que vuelven a tener contacto; familias que se reencuentran en la intimidad del olvidado espacio personal, que hemos recuperado como resultado del distanciamiento social y que contribuye de manera importante al logro de nuestra felicidad.

Sin embargo, no para todos ha sido fácil, pues este paréntesis involuntario en el que nos vemos inmersos, también nos ha obligado a encontrarnos con nosotros mismos, y eso después de tanto tiempo de abandono, tiene sus consecuencias; neurosis, miedo, ansiedad, intolerancia y muchos otros trastornos que lamentablemente nos ha heredado el sistema competitivo de consumo en el que vivimos.

Por otro lado, ésta pequeña falla del sistema ha obligado a todos los habitantes de este mundo a hacer una pausa, invitándonos a hacer un cambio no sólo en nuestros hábitos diarios de higiene y alimentación, sino también en la forma en la que estamos consumiendo el mundo.

Apenas a unas horas de nuestro encierro, los delfines y los cisnes volvían a nadar por las calles de Venecia; en la Ciudad de México, los cielos se volvieron azules; mientras uno de los fenómenos más bellos, el silencio, volvió a imperar en muchas ciudades que por mucho tiempo dejaron de apreciarlo y disfrutarlo.

Si bien es cierto que estamos frente a una crisis económica de proporciones mayores, también es cierto que este sistema crea esas crisis frecuentemente para reajustar las reglas del juego y seguir generando riquezas exorbitantes y miserias masivas.

Es por ello que el sistema económico tiene que reorientar sus políticas hacia un liberalismo que no sólo se refiera al mercado, sino a un consumo que entienda que lo primordial es el equilibrio y la coexistencia de todas las especies y generaciones en torno al único hogar que tenemos.

Por la forma en la que consumimos el mundo, podría parecer que nosotros somos el virus y tal vez ésta o cualquier otra pandemia, vista desde el espacio exterior, se asemeja más a una cura para el planeta que estamos devastando.

Por esa razón es importante reconsiderar hacia dónde nos dirigimos como sociedad global y cuáles son los preceptos que nos guían más allá del consumo y del sentido de pertenencia; metas que, dicho sea de paso, intentan tener validez en una realidad en la que, en estricto sentido, ni la vida misma nos pertenece.

Este es el momento de recordar que no venimos a este mundo, nacimos de él, somos producto de su evolución; no somos un ente ajeno, somos el género de vida más consciente que ha creado la naturaleza y que necesita actuar precisamente acorde con esa capacidad de consciencia.

POR JORGE IVÁN DOMÍNGUEZ

DIRECTOR DE INFORMACIÓN DEL HERALDO DE MÉXICO TELEVISIÓN 

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