Corazón de vinil

Me regalaron un maletín de piel negra opaca que pesaba mucho, lo llevé a mi casa, lo coloqué sobre la mesa y lo abrí

Netlog

Descubrí qué era un tocadiscos, esos aparatos que tenían tus abuelos para escuchar música con viniles negros y una aguja muy fina que los hacía rechinar al principio.

Me sentí completamente atraída a este objeto que además olía a identidad, no a la mía, pero sí a la de una época donde seguramente fue el amo y señor de la atención y minutos de tantas personas.

Quería usarlo, quería escuchar lo que tenía que decirme, y recordé que en mi último cumpleaños alguien me regaló un vinil de Sargent Pepper de los Beatles. Lo guardé por el valor que tiene para mí cualquier compilado de música de esta banda y porque la portada me parece espectacular, caótica… mágica.

Nada de bajar aplicaciones absurdas, poner una contraseña estúpida y tu usuario con ese nombre ridículo que ya hasta pena te da usar. Este aparato requiere de tu contacto directo, de que lo toques y en realidad es muy sencillo, casi sólo tienes que recordar cómo se ve un vinil sonando y puedes echarlo a andar, deslizas la aguja y listo. Tienes de primera mano el rasquido ronco de la guitarra de Lennon, la voz de Paul McCartney, como son las voces de verdad, imperfectas, espléndidas y cálidas.

La sensación fue de pertenencia, ellos me pertenecían por cantarme al oído Lucy in the sky…, Getting better y unas cuantas más, y yo a ellos porque mi atención era total. Olvídate de poner música para fondear las millones de cosas que según tú tienes que hacer, olvida la idea de que está ahí de relleno, no es un extra, no está atrás, es como recibir en casa a ese amigo entrañable de siempre que lejos de darte por la tuya te confronta y hace que lo escuches, hace que bajes la guardia y termines escuchándote a ti mismo.

Me percaté de la belleza de los rituales, de lo que supone prestar tiempo consciente a cualquier actividad, a cualquier cosa, será que amor es todo aquello en lo que depositamos nuestro tiempo, pero de verdad poniéndonos ahí sin esperar más que el disfrutar de lo efímero, del olor que deja repasar momentos imperdibles.

Esta pequeña caja negra me permitió una serenata personal de una de las bandas que más amo en el planeta y también me sirvió a modo de máquina del tiempo, volé lejos de la era digital en donde todo es rápido y desechable, donde todo se usa y se tira, donde la cantidad desplaza la calidad y te muestra que ni aun juntando los millones de ejemplares se cuenta una sola historia. ¿En el fondo no es eso lo que somos? ¿Historias? ¿Por qué entonces querríamos rodearnos de las que carecen de fondo y argumento? ¿Dónde se encuentra el valor para volver a atesorar los momentos de quedarse en calma y disfrutar? Tal vez las respuestas están en este maletín negro, tal vez las respuestas están en cualquier cosa que nos haga prestar más atención a todo, a lo que hace acelerar tu corazón, aguar tus ojos y llevarte de viaje con sonidos hacia ti mismo.

 

Columna anterior: No son para verse cool en tu Face

 

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