Convicción y congruencia

La ciudadanía en nuestro país ha aprendido a contragolpe el valor de su voto y expresa con claridad en las urnas la aceptación o rechazo a cualquier partido político

José Encarnación Alfaro Cázares / Articulista invitado / El Heraldo de México
José Encarnación Alfaro Cázares / Articulista invitado / El Heraldo de México

Afiliarse a un partido político significa asumir como propios los principios y valores, el proyecto ideológico, el programa de acción y las propuestas de gobierno de la organización partidaria.

Representa también el compromiso de luchar en el terreno electoral para lograr el acceso de militantes del partido a posiciones de representación popular y de gobierno para concretar en la acción legislativa y gubernamental sus propuestas y programas.

La naturaleza de entidades de interés público que la Constitución Política del país otorga a los partidos, los ubica como instrumentos de la ciudadanía para acceder al ejercicio del poder público, para hacer posible el mandato constitucional de que todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste.

Cuando un partido político pierde su brújula ideológica, cuando se convierte en espacio de arreglos cupulares, de negociación político-mercantil.

Cuando pierde su proyecto programático y se convierte en instrumento al servicio de élites políticas que lo conducen con visiones patrimonialistas, pierde también su naturaleza constitucional porque deja de ser útil a la sociedad.

La ciudadanía en nuestro país ha aprendido a contragolpe el valor de su voto y expresa con claridad en las urnas la aceptación o rechazo a cualquier partido político.

Al PRI lo alcanzó la historia en junio de 2018 y le refrendó el revés en julio de 2019, la ciudadanía habló en las urnas. Al otrora discurso revolucionario y de transformación nacional, al partido que construyó las grandes instituciones y que pavimentó el camino de la democracia en México, lo borró en el último sexenio la práctica de la corrupción de connotados militantes, la impunidad, la soberbia y la frivolidad del grupo gobernante, la falta de capacidad para abanderar las causas de la sociedad, aún siendo gobierno, la pérdida de la brújula ideológica, el alejamiento de sus bases y la restauración de prácticas autoritarias, excluyentes y antidemocráticas.

Por sus obras los conoceréis es un apotegma que se encuentra arraigado en la conciencia colectiva de los mexicanos. Por eso no es el discurso grandilocuente ni las movilizaciones y eventos escenográficos, ni las simulaciones de unidad y cohesión las que definen la fuerza real de un partido.

Son los hechos, las acciones concretas, las evidencias en sus prácticas internas y en los resultados en beneficio de la sociedad las que logran o hacen perder la confianza de los ciudadanos.

Por eso, el proceso interno para renovar a la dirigencia nacional del PRI es un gran reto de convicción y congruencia para sus militantes.

La disyuntiva será entre las viejas prácticas de la unidad forzada y escenográfica, de los acarreos y estériles dispendios económicos, de la imposición de la voluntad de unos cuantos; o el ejercicio de una efectiva democracia interna, sin procedimientos amañados ni fraudes preconcebidos, en donde se imponga la voluntad de la militancia.

Todavía se está a tiempo de recuperar al Partido Revolucionario Institucional de principios y valores democráticos, de proyectos ideológicos y de claros compromisos con la sociedad.

Así lo creo firmemente.

POR JOSÉ ENCARNACIÓN ALFARO CÁZARES 

COLABORADOR DE EL HERALDO DE MÉXICO

¿Te gustó este contenido?