¿Consolidación autoritaria?

La suma de cambios tiene como propósito resolverle a los políticos del nuevo partido oficial la terrible incomodidad de rendir cuentas

Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México
Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México

Escribía recientemente Ma. Amparo Casar que había Motivos de alarma por lo que ocurre en el Congreso (Excélsior, 16 de octubre), donde se está debilitando la protección de los ciudadanos frente al Estado. Casar se refería primordialmente a limitaciones de derechos, desde la ley de extinción de dominio hasta la definición del fraude fiscal como delincuencia organizada, pasando por las prohibiciones de ejercicio profesional de 10 años para exfuncionarios, y la militarización de la seguridad pública por medio de la Guardia Nacional. En efecto, y aún en medio de disputas internas profundas (dentro y fuera del Congreso), Morena se ha convertido en un muy efectivo instrumento de construcción de un nuevo régimen político.

Es decir, no sólo se trata de fortalecer al Estado y reducir las salvaguardas ciudadanas ante su acción punitiva. Se trata, como lo anticiparon muchos de los adversarios y críticos de AMLO en 2018, de un diseño institucional que amenaza con revertir décadas de lucha democrática y pluralista, básicamente con el objetivo de hacer más fácil gobernar. Esta suma de cambios (que incluye el debilitamiento o desaparición sistemática de instancias autónomas de evaluación, control y regulación del poder del Ejecutivo) tiene como propósito resolverle a los políticos del nuevo partido oficial la terrible incomodidad de rendir cuentas ante los ciudadanos, y darle al gobierno armas más potentes para amedrentar a sus opositores y adversarios. Le han servido además, a esta empresa, íconos de impropiedad o corrupción notables, cuyo descabezamiento le gana aplauso fácil al gobierno, aunque sea notorio que se proteja a los aliados.

La revocación de mandato fue el paso crítico (avalado por el Senado) para este proyecto más amplio de consolidación autoritaria impulsado por Morena. Abre la oportunidad para que el Presidente construya una coalición electoral personalizada por encima del Congreso y los partidos, y sienta el precedente constitucional para la ampliación de su periodo de mandato. La máxima abyección en este episodio corresponde a políticos de supuesta oposición que con su voto o abstención avalaron esta reforma. De nada sorprende que los autoritarios de siempre, cobijados por un PRI que nunca ha creído en la democracia, respalden este adefesio. Pero que políticos de Acción Nacional, tecnócratas recientes, y otros que se dicen ciudadanos apoyen esta iniciativa, los anula como opositores, aunque quizá los proteja de posibles embates penales.

Quisiera estar equivocado, pero quizá es indispensable reconocer esta etapa. La de un Estado autoritario en potencia, que habrá de luchar sin cuartel contra todo opositor e instancia democrática en su búsqueda de consolidación. Al que el estancamiento económico, que no una recesión o crisis, le es funcional porque le da tiempo para amarrar todos los hilos del poder.

Y al que el dolor brutal que el narco imprime sobre miles de familias a quienes amenaza, secuestra, asesina y extorsiona en total impunidad, le pareciera irrelevante. De ahí la gran paradoja que llevará al fracaso a este proyecto autoritario. La gente quiere paz, con seguridad y justicia. Y desea un gobierno que no abuse, pero que sea valeroso y rinda cuentas. No uno que se arrodille, dejando a su gente indefensa.

POR ALEJANDRO POIRÉ
*DECANO, ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO, TECNOLÓGICO DE MONTERREY
@ALEJANDROPOIRE


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