Conciencia ambiental: ¿Venimos a este mundo?

Esta sensación de no pertenencia, nos ha hecho confrontarnos con la naturaleza y con todo lo que “no somos nosotros”

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Jorge Iván Domínguez / El Heraldo de México

Es evidente que el ser humano se siente ajeno al entorno en el que vive, al grado de que se ha distanciado conceptualmente de la naturaleza como si fuera una cosa distinta e independiente del resto de las manifestaciones de vida del planeta.

Esta sensación de no pertenencia, nos ha hecho confrontarnos con la naturaleza y con todo lo que no somos nosotros, dando como resultado la necesidad de querer controlar y hasta eliminar todo lo que parezca un obstáculo para nuestro desarrollo, incluso si ese obstáculo somos nosotros mismos, pero con diferente nacionalidad, color de piel, ideología, religión o preferencia sexual.

Al respecto, lo primero que deberíamos hacer conciente es la idea de que no venimos a este mundo, nacimos de él y somos producto de su evolución. Pensémoslo bien, pues al igual que las propias leyes que rigen la ciencia, a saber, que la materia y la energía sólo se transforman, nosotros mismos somos el reflejo de esas leyes y compartimos un mismo origen.

Sin embargo, aunque hemos evolucionado junto con este planeta y con este cosmos, porque somos este planeta y somos este cosmos, nos sentimos ajenos, como almas extranjeras que vinieron a salvarse en la tierra. Y a pesar de que todo lo que necesitamos lo proporciona este lugar en una medida perfecta y no por casualidad ni milagro súbito, actuamos como si fuera todo lo opuesto.

Sin embargo, este fenómeno de sentirnos extranjeros y desprovistos del contacto con nuestra casa nos ha hecho despreciarnos y, por consiguiente, proyectar ese desprecio hacia nuestro entorno y nuestra verdadera esencia. Como especie, negamos a nuestra madre renunciando a nuestros orígenes, sintiéndonos huérfanos o extraterrestres en nuestro propio hogar y, por consiguiente, sufrimos el trastorno que la ausencia del amor materno implica.

Es esa desconexión de nuestra esencia la que, en buena medida, origina el estrés característico de nuestra época, así como la depresión y la ansiedad (además de sus consecuencias fisiológicas) en las sociedades contemporáneas.

Basta con recorrer unos cuantos kilómetros fuera de nuestros centros urbanos, para darnos cuenta de cómo contemplar el cielo, el encuentro con las montañas, el ruido del agua, el canto de los pájaros o el fluir de las nubes, nos proporcionan un estado de mayor tranquilidad y relajación.

Todos somos todos un mismo organismo interdependiente y conectado, que prospera a través de un asombroso pero frágil equilibrio.

La conciencia ambiental, así, no es más que la conciencia sobre uno mismo; no obstante, la mayoría de los que habitamos este hermoso planeta no nos preocupamos por su preservación pues seguramente tampoco lo hacemos por nosotros mismos. No podemos ofrecer más que lo que somos.

La casa está en llamas y solo juntando las gotas de la lluvia podremos rescatarla.

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