Como nos ven, nos tratan…

El actual gobierno, en su afán de marcar un antes y un después en la práctica política, parece empeñado en no atender su imagen

Como nos ven, nos tratan…

En México, todos conocemos el refrán. Y lo usamos para un amigo o un familiar que va a una entrevista de trabajo o una primera cita romántica. Pero normalmente es en singular: como te ven, te tratan, le decimos a aquella persona, dándole un mensaje de atención sobre la formalidad en su apariencia y su comportamiento cuando busca impresionar, negociar algo, o al menos quedar bien con alguien más. El problema, como en el título de este artículo, es que la máxima también aplica en plural. Y ese problema se recrudece cuando el nosotros se refiere a todo un país. Como nación, México es tratado como es visto, o percibido, por las demás naciones. Hoy nos ven pequeños y, en consecuencia, así nos tratan.

Y esto no es una cuestión superficial. No hablamos del look, la imagen o la publicidad, sino del mensaje profundo que las formas y maneras envían explícita o implícitamente. Porque en política la forma es fondo. Los rituales y las ceremonias tiene una función simbólica. Por ejemplo, las señales que envía la apariencia física de un presidente, su lenguaje no verbal y su comportamiento dicen tanto como los mensajes hablados o escritos que manda. Por eso es tan delicada la labor del profesional de la política. Y por eso también su actividad cotidiana suele convertirse en una vía crucis, un campo minado donde hasta una palabra mal dicha puede desatar una crisis. El funcionario público, como su nombre lo indica, es responsable de una representación social. No se maneja solo. Encarna una institucionalidad que, si es descuidada, tiene profundas implicaciones en las relaciones públicas con otros individuos u organizaciones.

El actual gobierno, en su afán de marcar un antes y un después en la práctica política, en demoler formas del pasado, parece empeñado en no atender a esta cuestión fundamental. El peor episodio, en una historia sexenal que apenas empieza, es por supuesto el affaire de los aranceles. En este caso, México fue tratado como fue percibido. Como un súbdito, como el patio trasero de los Estados Unidos, lugar a dónde mandar a los que intentan entrar a su territorio.

La foto de un Ebrard sonriente, pero ojeroso y cachetón en una sala de espera, aguardando pacientemente su vuelo en conexión (porque no había dinero para un vuelo directo a Washington con el fin de enfrentar la peor crisis del actual gobierno), el puñito de cacahuates del vocero de la cancillería o la desafortunada fotografía de la Secretaría de Economía con el inconveniente en su pantalón, son todos símbolos de una desatención a los detalles que, si no pasaran de la anécdota, acabarían en el chiste o meme. Pero no es así. La suma de estos detalles revela el desinterés de nuestra representación ante el mundo. Veámoslo con otra perspectiva.

Póngase usted lector en los zapatos del presidente Trump. Usted tiene una historia privilegiada. Hijo rico, padre empresario. Una larga trayectoria en los negocios. Se ha sentado probablemente en miles de mesas, donde ha enfrentado los más disímiles acuerdos, crisis y victorias. Ha desafiado a los mayores tiburones de la industria inmobiliaria. Se considera usted el mejor de ellos. Ser catalogado un tiburón, por cierto, es un privilegio. Tiene incluso un libro escrito (más bien, co-escrito), sobre su filosofía de negocios, uno de cuyos principales mantras es la agresividad con la que hay que enfrentar a los adversarios. Atacar primero, asustar al rival, elevar la vara de la negociación, generar incertidumbre y finalmente lograr un acuerdo ganador, o al menos, uno que no parezca una derrota. Con esa capacidad, ha logrado usted su sueño. Es ahora presidente de la mayor potencia económica y militar del mundo. Usted es poder. Transpira poder. Ha tenido las agallas de enfrentar a la misma China, país enorme al que sus miedosos asesores consideran la próxima potencia global. Usted no lo cree. Pero mientras tanto, hay otros asuntos importantes que atender, como las elecciones que se acercan. Usted necesita asegurar su reelección. Así que, ¿por qué no abrir un nuevo frente de rédito electoral contra su débil vecino del sur? La razón o pretexto: castigarlo por incapaz, al no detener la invasión transfronteriza de lo peor.

¿Y a quién le mandan para negociar con sus subordinados (porque por supuesto usted no tiene tiempo de atenderlos)? A un señor que viaja en clase turista con escalas. A un joven que come cacahuates mientras la líder de la oposición en la cámara de Representantes, Nancy Pelosi, alecciona al señor de clase turista, y a una señora que no tiene un equipo de asesores que le indiquen el detalle embarazoso de su pantalón. Usted, que viaja literalmente en una bestia vehicular blindada, que sabe de la importancia de llegar a las mesas de acuerdos escoltado por decenas de abogados, que sabe el poder de negociar desde una posición de fuerza, que está luchando a diario por recuperar la grandeza de su patria a la que considera la mejor del mundo, tiene con México una tarea sencilla. Doblegarlo. Un vecino débil, descuidado, que le hace la labor fácil al enviar a un equipo negociador que sólo amerita ser recibido, en principio, haciéndoles un favor.

Repito, los errores mencionados no son producto de la casualidad. La sala de espera comercial, los cacahuates o el pantalón. Pero también el silencio de nuestro presidente, su sometimiento implícito en no responderle a Trump, su inasistencia al foro anual más importante de los líderes mundiales, el G20. No son una acumulación de pequeños detalles. Son un conjunto de mensajes incorrectos. Un símbolo de un gobierno que desprecia la práctica negociadora internacional, donde las formas cuentan, donde los rituales tiene una razón de ser. Un gobierno que pierde tiempo valioso en su afán de destruir el pasado, que nos está echando varios escalones abajo en el ranking mundial. Si algo habíamos ganado en nuestra credibilidad internacional, en nuestro intento de ser valorados como una potencia regional, lo estamos perdiendo a pasos agigantados con el actual gobierno. Nuestra fortaleza se erosiona mientras la administración de López Obrador se niega a aceptar la realidad: que en el concierto internacional de las naciones, como te ven, te tratan. Desgraciadamente hoy nos ven (y nos vemos) como muy pequeños.

Por: Sergio Torres Ávila

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