Como el perro que persigue su cola

Parece que los mexicanos, cuando nos perdemos en la masa amorfa que plaga las tribunas, aprovechamos para vengar las injusticias que sentimos ser víctimas


¿En qué momento ir al estadio dejó de significar ver un partido de futbol para convertirse en una experiencia de masoquismo?

Imagínese que tiene muchas ganas de ir a ver un partido de futbol. Convivir con los amigos y la familia, sentir el latido de la tribuna, gritar el gol, vivir la angustia de los embates contrarios, discutir y vociferar como el director técnico que es, llorar un poquito sin que nadie le vea cuando se entona el himno nacional; todo aquello que forma parte del ritual de asistir al estadio.

Ahora imagínese que cuando llega a la zona en donde debería encontrarse su asiento, los policías le informan que está cerrada por motivos de seguridad y que no puede pasar porque del otro lado se encuentra la porra del gran rival. Así que decide seguir al resto de los desilusionados quienes, a pesar de haber comprado su boleto a tiempo, no tienen dónde sentarse. La zona aledaña comienza a poblarse y cada vez son más los que ocupan las escaleras o se apañan para caber cuatro en donde deberían caber dos. Los ánimos se caldean con el paso de los minutos y el primer desfogue viene con la rechifla al himno nacional del contrario. Los gritos de puto, los lanzamientos de cerveza y latas forman parte del festejo del gol. Ni modo, puto al que le peguen. Entre estos últimos se encuentran periodistas, una mujer joven que terminó descalabrada y niños quienes junto con sus padres abandonaron antes el estadio ante tan desagradable espectáculo.

El tímido mensaje que parpadeaba en el anillo del Azteca invitando al público a que dejara de gritar con el despeje contrario solamente sirvió para encender más los ánimos y que todos gritaran más. Nosotros somos mexicanos y a nosotros nadie nos dice qué gritar o decir.

Lo que más me llamó la atención fue que varios aseguraran que uno va al estadio sabiendo que así va a ser, que para mamonerías la gente debería ir a otro lado. No entiendo, ¿en qué momento ir al estadio dejó de significar ver un partido de futbol para convertirse en una experiencia de masoquismo y de ver quién aguanta más el mal rato? Es decir, ¿si salgo descalabrada es que gané?

Me atemoriza que en un país con índices tan altos de violencia, normalicemos estas conductas y las incorporemos al espectáculo deportivo. Parece que los mexicanos, cuando nos perdemos en medio de esa masa amorfa que plaga las tribunas, aprovechamos para vengar todas esas injusticias de las que nos sentimos víctimas a diario: silbando, insultando, hiriendo y poniendo en peligro al de junto que, curiosamente, es víctima de los mismos males que estamos queriendo ventilar.

Los organizadores ni se inmutan, mientras nosotros seguimos siendo parte del tétrico espectáculo que irónicamente criticamos, así como el perro que persigue su cola.

 

Columna anterior: Dos noches mágicas

 

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