Coaliciones para delinquir nomás

El PRD seguirá siendo un negociazo en la derrota y Anaya, del PAN, un joven aprovechado que lucra con la esperanza


René Bejarano, de la corriente IDN del PRD, fue el primero en saltar tras la conferencia de Alejandra Barrales, presidenta del PRD y Ricardo Anaya, del PAN, para calentar una coalición rumbo a 2018 que asegure no sólo la derrota del PRI sino disputarle el triunfo de tú a tú a López Obrador, puntero presidencial.

–En IDN no estamos de acuerdo, Alejandra– escribió por WhatsApp e indigando Bejarano tan pronto como acabó la conferencia.

Le reprochó que aunque sea la presidenta no representa a todos los grupos internos. Y como no contestó, en la mañana de ayer envío a su incondicional Alejandro Sánchez Camacho, quien de manera formal convocó al partido a una reunión urgente para discutir entre los grupos el asunto.

No es el hombre más pulcro para hacerlo si se toma en cuenta que fue Bejarano el de los videoescándalos de 2004 echando 45 mil dólares en una maleta como parte de un soborno o que ha usado su regreso a la política para hacer un grupo más rentable.

En una entrevista reciente con el reportero Francisco Nieto, de El Heraldo de México, el expresidente Agustín Basave dijo que el PRD se jodió cuando la derrota se hizo rentable para negociar con el poder. Bejarano, mientras reclama, anda dobleteando por el país con su Movimiento Nacional por la Esperanza al que aspira convertirlo en partido para mamar del presupuesto.

Lo anterior no significa que yo apoye a Barrales ni a las coaliciones. De hecho me parece que recurrir a ellas por recurrir son una manera perversa para poner a aspirantes suyos en el trono sin cambiar los esquemas tramposos, opacos y corruptos del priismo, cuyo teje y maneje ha sido exhibido en los últimos meses como nunca.

Están los casos a partir de la primera alianza ganadora de Antonio Echavarría en Nayarit. Le siguieron: Gabino Cué, Oaxaca; Patricio Patrón, Yucatán; Pablo Salazar y Juan Sabines, Chiapas; Mario López, Sinaloa; Moreno Valle, Puebla, y cinco gubernaturas más. ¿De qué han servido? Se logró la alternancia sí, pero no la transición.

Guadalupe Acosta, un perredista como ningún otro que ha estado detrás de todas esas coaliciones, acepta el fracaso y la realidad como es.

–Pusimos atención en derrotar al PRI, pero no sacamos adelante los equilibrios del cambio de régimen donde ganábamos. Entonces llegaba nuestro gobernador con las mismas facultades autoritarias para decidir– me dice.

Por eso, Anaya y Barrales, son políticos “nuevos” con las ideas rancias y podridas del antiguo régimen porque hasta ahora no han presentado nada serio que conduzca a una discusión honesta con el propósito de empujar modificaciones constitucionales para reformar el poder y acotar a los gobernantes.

–Urge un nuevo equilibrio democrático de poderes, donde el Congreso, órganos autónomos y participación ciudadana tengan un contrapeso real– lo dice el propio Acosta.

De otro modo, mientras sobreviva el PRD, éste seguirá siendo un negociazo en la derrota y Anaya, del PAN, un joven aprovechado que lucra con la esperanza del cambio real.

Columna anterior: La simulación del PRI

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