Ciudad enferma

La contaminación que la afecta es atmosférica y de otras índoles: violencia, inseguridad, desarrolladores urbanos...

Gregorio Ortega / Esa política / El Heraldo de México
Gregorio Ortega / Esa política / El Heraldo de México

Evoquemos las ciudades mayas, cuya referencia es que fueron tragadas por la selva. Bien a bien no se han determinado las causas que obligaron a sus habitantes a abandonarlas e irse con su vida a otro lado. ¿Pandemias, hambruna, guerras? Vaya usted a saber, lector.

Debe la Ciudad de México, detener su crecimiento. Se ha intentado desde 1976 -cuando se promulgó la primera Ley General de Asentamientos Humanos- poner orden en su desarrollo urbano y contener la especulación en el precio de los bienes raíces, lo mismo que las ocupaciones ilegales de predios.

Cuando el terremoto de 1985 se armó un plan maestro de desconcentración urbana, al que casi de inmediato mandaron al cajón de los trebejos, pues Manuel Camacho Solís declaró, en la primera oportunidad que se le presentó, que nunca detendría el crecimiento de la urbe. A él le debemos toda la especulación y desarrollo de la zona de Santa Fe y anexas.

Luego la ciudad de la esperanza fue bendecida con los bandos urbanos expedidos durante la administración 2000-2006. A mayor densidad poblacional, mayor demanda de bienes (legales e ilegales) y servicios. La delincuencia organizada crece en correspondencia al número de habitantes. A la exigencia de escuelas, hospitales, vialidades, iluminación y toda clase de servicios, se responde con más antros, piqueras, tienditas, trata de todo género, robo, secuestro, extorsión. Esta ciudad no es un santuario para nadie, es zona de guerra y tierra de conflictos.

Los cuatro días continuos de emergencia por contaminación, a pesar de los aguaceros y granizadas del miércoles 15 de mayo, son un aviso de lo que se anuncia como consecuencia de no contener el crecimiento de la ciudad capital, porque pronto, en menos tiempo de lo supuesto, la falta de agua y la muy limitada seguridad pública, propiciarán el escape de los que tienen recursos económicos suficientes, para moverse junto con sus familias a otra ciudad en México, o a otro país, pero los que no tienen ni en que caerse muertos, pues a padecer las de Caín… porque el destino puede ser la calcutización de la Ciudad de la Esperanza, sin que nada detenga el deterioro. Debieran hacer una visita de estudio a Detroit, Michigan, para conocer los efectos de la pudrición urbana como consecuencia del desempleo en la industria automotriz, y la manera en cómo el crimen y la violencia se adueñaron de las calles.

El hecho de que un chofer-escolta abata a los delincuentes que intentaron robar el carro de su patrón, nos índica los niveles de violencia, inseguridad y pistolización incontenibles.

Claudia Sheinbaum gobierna una ciudad en la que la solución global de los males que la aquejan es prioritaria, porque si se provee de agua antes de garantizar la seguridad, atestiguaremos disputas mortales por su posesión. No se trata de la guerra entre cárteles por el territorio, lo que se refleja es la ausencia de Estado y el desorden consecuente.

Por Gregorio Ortega

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