Circunstancia y cultura

La tragedia de nuestra clase política reside en una ignorancia sin paliativo

Jorge Camacho / Diacrítico / Heraldo de México
Jorge Camacho / Diacrítico / Heraldo de México

José Ortega y Gasset consignó una sentencia que hizo fortuna: Yo soy yo y mi circunstancia. Habitualmente se omite la decisiva conclusión: Y si no la salvo a ella no me salvo yo. El determinismo al que invita la primera cláusula, desaparece en la segunda. Las circunstancias no limitan el pensamiento o la acción, sino la convicción a la hora de revertirlas. En la actualidad, el sustantivo pueblo resulta una perversión. La palabra refiere el gregarismo de un colectivo informe, pero igualito, cuyos integrantes son incapaces de gobernar su propia vida, incompetentes para tomar sus decisiones, que prefieren entregarse a salvarse.

En el caso de la clase política, la sumisión al líder o a consignas adquiere tintes dramáticos. El servilismo de los políticos es equiparable al de una parte de la sociedad. Las sociedades tienen a los gobernantes que se merecen. No se les puede exigir aquello a lo que ha renunciado la sociedad misma. Sin embargo, los representantes públicos deberían actuar a favor de los intereses de los ciudadanos. Es necesario que los políticos no sólo se hagan cargo de su libertad, sino que ayuden a salvar las circunstancias de todos.

El conocimiento nos abre a la realidad. Pero esa apertura de lo real sólo es accesible a partir de la cultura. Libertad y cultura forman un binomio indisociable. La renuncia a la libertad personal es inherente a la carencia de cultura. La verdadera tragedia de nuestra clase política reside en una ignorancia sin paliativos, que termina por confinar a los ciudadanos a una existencia sin profundidad ni relieve. La incultura fomenta el gregarismo. La multitud indeterminada borra la responsabilidad personal para relegarla al anonimato.

La cultura es un instrumento irrenunciable para distinguirse de los otros en virtud de la dignidad de la propia vida. No depende únicamente de títulos académicos, como publicitan algunos políticos. La cultura es una actitud ante la existencia regida por la libertad. Hay doctores y maestros incultos, de la misma manera que hay mecánicos y albañiles cultos. El grado no hace la distinción, la cultura sí. Un historiador servil de ninguna manera puede ser buen historiador. El primer requisito para ser un buen historiador es la libertad. En México los buenos historiadores aunque muchos políticos sean historiadores.

Diacrítico. La cultura es un tapiz, cuyo reverso saturado de nudos y retales, ligaduras y tramas, esconde a los propios ojos la filigrana de una plenitud consecuencia del maridaje vivencial entre conocimiento y libertad. Nuestro políticos, incapaces de pensar por sí mismos, aunque sólo lo hacen en sí mismos, prefieren refugiarse en el grado académico y no en la cultura. Ésta impulsa la solidaridad. abraza al otro sin renunciar a uno mismo. Los grados con frecuencia son líneas en un currículum al servicio de la pose. Cultura y libertad salvan nuestra circunstancia y a nosotros mismos.

 

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@camacho_jorge

 

 

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