Mi regalo de Navidad

Me sentí como Sara García en Cuando los hijos se van...

Chepina Peralta/ Columnista de El Heraldo de México/ Columna Con Chepina
Chepina Peralta/ Columnista de El Heraldo de México/ Columna Con Chepina

Inicios de diciembre. Mi hija mayor estaba casada, dos hijos hombres andaban de novios, la pequeña estaba con su hermano en Estados Unidos con su papá y, el otro, soltero.

Era domingo, habíamos comido en la casa de mi hija e hice la pregunta: ¿qué planes tienen para Navidad? Se hizo un silencio tenso, por fin, la casada dijo: Mis suegros nos invitaron a cenar porque va a venir mi cuñado —no vivía en México— y les gustaría que nos reuniéramos.

Ya que la hermana había empezado, el otro hijo también habló; su noviazgo estaba más formal. Mi novia pidió que me invitaran el 24, sería bueno que conociera a toda la familia.

El más chiquito de los tres, un cochinito lindo y cortés —leer con música de Cri-Cri— la novia con la que estaba quedando bien, le dijo que había pedido permiso para invitarlo esa noche.

Así, la súpermadre sacó sus mejores dotes histriónicos, y les dijo: Qué bueno que tengas la oportunidad de convivir con la familia de tu marido; y a los otros dos, me parece una buena idea que conozcan a la familia.

¿Y tú, mamá?, preguntaron a coro. Ni se preocupen. Nos despedimos. Me subí al coche y, ¿se acuerdan de Sara García en Cuando los hijos se van? Así me sentí; mi corazoncito se rompió. Por la noche me sentí abandonada. Sufrí mucho. Por la mañana me puse compresas en los ojos para que no los vieran hinchados. La siguiente noche, algo empezó a molestarme, una voz interna, tal vez la conciencia, empezó a decirme: ¿oye, que no se te hace que te ves ridícula?

Casi al mismo tiempo que quería hacerla a la Libertad Lamarque, otro impulso me puso a pensar que yo hice sentir a mis hijos entre preocupados y culpables por dejarme sola. La misma vocecita empezó a cuestionarme: ¿no que de muy avanzada? Cómo has criticado a algunas mujeres sobreprotectoras. La verdad me enojé con la vocecita, la quería matar. Me costó trabajo aceptarlo, ratos de meditación y oración ayudaron.

UN POCO DE HISTORIA

Mis papás tenían un terreno, una casita con mucha área verde. Ese lugar no estaba habitado, lo usábamos para reuniones, especialmente para la comida del 25 de diciembre. La pasábamos espléndido. Inventábamos juegos, nos poníamos al corriente; en fin, al anochecer recogíamos todo entre todos y nos íbamos con el corazón rebosante.

Poco a poco, llegó la calma y la reflexión. Llamé a mis hijos, les dije: hay tradiciones que conviene conservar, porque son la base de nuestra familia. Pero, hay otras que podemos cambiar. No pasa nada si no cenamos juntos una noche, les propongo que mañana vayamos al recalentado en ‘el terreno’, así le llamamos. Aceptaron en seguida, sentí que les quité un peso de encima, quizá sentimiento de culpa.

POR CHEPINA PERALTA



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