Carrera contra el tiempo

López Obrador se ha dedicado a desmantelar prácticamente todo aquello que, desde su óptica, sea un legado de los gobiernos de los últimos 36 años

ALEJANDRO POIRÉ
ALEJANDRO POIRÉ

Además de explícitas, son sumamente claras las dos vertientes del proyecto del nuevo gobierno: por un lado la construcción de una nueva hegemonía política en manos de Morena, y por otro la restauración de la política pública a un modelo definido por su oposición al neoliberalismo. Tanto en los símbolos como en los hechos, desde el momento de ser elegido, López Obrador se ha dedicado a desmantelar prácticamente todo aquello que, desde su óptica, sea un legado de los gobiernos de los últimos 36 años. No es tan claro qué se quiere construir, pero sí es prístina la imagen de lo que se quiere demoler.

Guiado por la denuncia frontal del neoliberalismo como productor de todos los males del país, y contenido sólo por el abismo económico que presumiblemente supondría la cancelación del TLCAN, el gobierno de Morena ha mostrado una enorme audacia en su aproximación a todo lo que ha tocado en materia económica y social: desde el aeropuerto hasta energía, desde educación hasta lo que se anuncia en salud, e incluso en su promoción de una constitución moral, el propósito del nuevo gobierno es redefinir los íconos, cultura y hasta los hábitos de una sociedad supuestamente corrompida por una pervertida búsqueda de prosperidad al amparo de las libertades económicas y sociales. No se sorprenda si el intento de destrucción restauradora no se ve con suficiente claridad en otros ámbitos de la política pública, no es porque deba esperarse continuidad; es simplemente porque a esa área aún no le ha llegado la hora, pero su destino está cantado.

Aún más ambiciosa e integral es la apuesta por la hegemonía política. Los superdelegados reportando en una organización cuasi-electoral a la Presidencia, la validación de decisiones vía consultas, a fin de mantener activa la maquinaria partidaria; la centralización de compras, la creación de nuevos beneficios clientelares para jóvenes y la ampliación de otros, la disolución de la tecnocracia en el gobierno, e incluso las amenazas de reducción de curules plurinominales y de financiamiento a los partidos políticos, así como la nominación de incondicionales a órganos autónomos clave del funcionamiento estatal, son todas facetas de este proyecto de control. A diferencia del impulso restaurador, cuyo propósito central es la destrucción de un legado, aquí sí queda clara la imagen de la gran obra a construir: un proyecto hegemónico que domine por décadas la política mexicana, con AMLO o quien él designe a su cabeza.

El plan tiene un riesgo de origen. Es probable que el desorden generado por el avance de la restauración económica conlleve, aunado a un entorno internacional complicadísimo, una fuerte desaceleración, y que el desastre en materia de impunidad e inseguridad se prolongue o incluso se amplíe. La pregunta para el proyecto morenista es si se habrá consolidado la hegemonía política para cuando la economía entre en crisis. Una cosa es tener los instrumentos formales de la misma (mayorías, control de los cargos, etcétera) y otra construir la disciplina y coordinación para ejercerla.

Esa es la carrera que viene al interior del nuevo gobierno: si los que tienen encargada la hegemonía lo logran a tiempo, poco importará la magnitud del daño que se cause con la destrucción de las bases de la economía contemporánea; habrá forma de contenerlo.

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