Capitalismo “moral” o “millennial”

El moral se asemeja a la prédica religiosa sobre la humildad y la acción social. El millennial se define por sus causas

Ricardo Pascoe / Mirando al otro lado / El Heraldo de México
Ricardo Pascoe / Mirando al otro lado / El Heraldo de México

El PRD unificó a la izquierda mexicana, por primera vez en su historia, en 1989. Priistas, comunistas, trotskistas, laboristas, maoístas y alianzas revolucionarias periféricas a movimientos guerrilleros se sumaron a un proyecto político de izquierda con nacionalismo y keynesianismo como sus abrevaderos ideológicos principales.

Eran los dos denominadores comunes más bajos posibles que permitían la fusión, dada la confluencia de tan diferentes historias ideológicas y políticas.

Entre otras cosas, el PRD significó la decisión de sectores importantes de izquierda de abandonar la ruta de la Revolución proletaria en México. Aceptaron como nuevo programa el de la economía de mercado con enfoque social, marcado por los tiempos mundiales: ante la caída del Muro de Berlín, el socialismo real fracasó como modelo.

Hoy la izquierda se debate entre dos concepciones del nuevo capitalismo de izquierda: uno moral y uno millennial.

Capitalismo moral se asemeja a la prédica religiosa sobre la humildad, la solidaridad y la acción social. Capitalismo millennial se define por sus causas: sustentabilidad, género y diversidad, derechos humanos y de pueblos originarios, entre otras. Ambos profesan un nacionalismo arraigado y se oponen a la globalización transnacional y los intereses de 1% de la población mundial.

A pesar de sus etiquetas socialistas, casi toda la izquierda latinoamericana ha abandonado el socialismo real. Venezuela, y todo el bloque bolivariano que se dice socialista, ha construido un capitalismo monopolista de Estado parecido al modelo mexicano de los años 60 y 70. Esos países han promovido modelos que nada tiene que ver con la economía de planificación central que rige en Cuba, donde apenas existen pequeños reductos de propiedad privada.

Tanto el capitalismo moral como el millennial se anclan intelectual y programáticamente en las tesis económicas de John Maynard Keynes, que encapsuló la respuesta capitalista a las tesis de Carlos Marx durante los tumultuosos años 20 y 30 del siglo pasado. Ante la propuesta de abolir la propiedad privada vía la revolución proletaria, Keynes ofreció el Estado del Bienestar que surgiría de un consenso entre capital y trabajo. Bajo este esquema, el Estado sería responsable de promover mayor igualdad a través de programas sociales para mejorar el reparto de la riqueza nacional, la contratación colectiva y la fijación trilateral de los salarios mínimos, siempre preservando la primacía de la propiedad privada.

Sin embargo, la renuncia al objetivo de la Revolución Socialista provocó un efecto inesperado en la retórica de la izquierda latinoamericana. Ésta se niega a aceptar que renunció al objetivo autoproclamado de la revolución socialista, y tampoco admite que ese ideal lo sustituyó por la promoción de mayor igualdad en ingresos y oportunidades dentro de la economía de mercado.

Estando en la responsabilidad de gobierno, esa resistencia se expresa como un capitalismo vergonzante que, como conducta adolescente, patea equilibrios, no respeta reglas de mercado y cuestiona normas institucionales, para seguir siendo rebelde sin causa, a nivel de discurso político. Cuestiona a las instituciones económicas autónomas, duda de la honorabilidad de la separación de poderes e ignora normas constitucionales para aferrarse al poder. Para no confesar su verdadero origen y destino, la izquierda esboza un discurso rupturista dentro del propio capitalismo. Pregona un populismo nacionalista, y con ello promueve un discurso con tinte nacionalista, antiinstitucional, rabiosamente antiglobalización y rayando muchas veces en xenofobia, racismo e intolerancia hacia las diferencias.

La izquierda vergonzante se ha sumado a las críticas de los partidos políticos tradicionales. El discurso contra la corrupción gana votos, lo mismo cuando fustiga órganos autónomos del Estado que no controla, la división de poderes, los medios de comunicación y las religiones institucionalizadas. Advierte sobre la inevitabilidad de una crisis económica capitalista mundial.

La izquierda vergonzante, tanto moral como millennial, plantea la necesidad de sujetar al Estado a estrictos controles suyos para que no responda a los intereses perversos del Capital. Las corporaciones multinacionales y capital privado son vistos como la encarnación de la maldad. En el ordenamiento supranacional descubre una fuerza que contradice su nacionalismo. Organismos que dictan normas económicas internacionales, como BM, FMI, OCDE, o que definen las grandes políticas de observancia mundial, como derechos electorales y humanos, migratorios, laborales, de género o sexuales son considerados contrarios de las tradiciones locales, usos y costumbres y, por tanto, serán rechazados sin contemplación.

Para ser exitosa, la izquierda cree indispensable ocultar e, incluso, negar su aceptación de la economía de mercado. Su contradicción estriba en sostener un discurso socialmente igualitario mientras aplica políticas económicas no igualitarias. Esta contradicción hace de las izquierdas, moral y millennial, un capitalismo vergonzante.

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