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La memorable faena de El Juli en la maestranza de Sevilla provocó el perdón de la vida de un toro y diversas reflexiones

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Con 35 años de edad y casi 20 de alternativa, Julián López El Juli ha llegado a la plenitud de su magisterio con una faena cinco estrellas al toro Orgullito de la ganadería salmantina de Garcigrande, que fue indultado el lunes pasado sobre el albero de la Real Maestranza de Sevilla.

Cantan victoria los antitaurinos, se regodean ante la noticia, desde el desconocimiento.

Ellos quisieran que ningún toro muriera, sin saber que por cada uno que es estoqueado en la plaza, hay siete que viven en la dehesa permanentemente. Ignoran el hacinamiento de las reses de engorda, mil o más en menos de una hectárea, a diferencia del toro, amo del terreno espacioso.

El ejemplar del arrogante nombre tuvo fijeza, movilidad, recorrido y calidad. Qué forma de humillar con la cabeza totalmente descolgada al seguir la imantada muleta del poderoso diestro madrileño.

El toro español, de contadas y preciadas embestidas, reconvertido en una máquina de pelea incesante y encelada.

Si generalmente el toro de allá va de más a menos en cosa de segundos, éste fue claramente de menos a más sin atisbo alguno de extenuación y sin declinar en ningún momento, a pesar de la exigencia a la que fue sometido.

La clase que mostró de principio a fin es el resultado de una labor soberbia del ganadero Domingo Hernández, fallecido el 2 de febrero de este año. Su hijo Justo tomó la estafeta y lo representó en el festejo de marras. Busco que mis toros se quieran comer la muleta por abajo en cada pase, decía Domingo cuando le preguntaban cuál era su objetivo como criador. Misión cumplida.

Julián se acopló perfectamente con las extraordinarias acometidas de un toro de vacas, dentro de una faena rebosante del oficio, la estructura y la reciedumbre que lo caracterizan. No era fácil encauzar aquel torrente de bravura.

El presidente ordenó el perdón, no exento de polémica, de la vida del notable toro.

Pero más allá de esa postrera decisión que garantizó la prolongación de la vida de Orgullito, quedó en el ambiente sevillano la impronta de la bravura de un animal y la trascendencia histórica de un lidiador con capacidad ilimitada.

No resta más que aplaudir de pie al torero de época. Apoteosis en un coso de enorme relieve. Salida a hombros en olor de multitud. Consagración definitiva de una figura indiscutible.

Sin embargo, tras presenciar a través de la televisión aquellos instantes de gloria y dimensionar un triunfo de esa envergadura, fue inevitable comparar la manera en que Julián enfoca las fiestas de España y México.

¿Qué pasaría si con el mismo compromiso y categoría mostrados en Sevilla tomara sus incursiones en los ruedos mexicanos? Acá, el saber que se le aprieta menos le ha permitido abusar en sus exigencias de comodidad. Y eso frustra e incomoda.

 

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