Big Data, Inteligencia Artificial y Política

No podemos confiar a las computadoras la ardua labor de tomar decisiones colectivas. La política cambiará por el cambio tecnológico, pero no será sustituida

Big Data, Inteligencia Artificial y Política

Si no se ha enterado del furor de Bitcoin y otras criptomonedas, es momento que lo haga. Con un valor de capitalización de mercado de 192 mil millones de dólares al día de ayer, y por la tecnología que la respalda, es el ejemplo más notorio de cómo las nuevas capacidades de cómputo descentralizadas y la inteligencia artificial, podrían llegar a transformar incluso nuestros supuestos más arraigados sobre cómo funcionan las finanzas internacionales y la banca central.

El cambio tecnológico exponencial es el motor de esa transformación, y está atravesando todas las áreas de la actividad humana. La promesa de estas capacidades para atender y resolver miles de problemas de la sociedad es gigante.

No solamente se trata de digitalizar servicios y funciones gubernamentales, aumentar su acceso y transparencia, mejorar su calidad y con ello ampliar oportunidades. No es tampoco nada más que el avance científico y tecnológico transforme nuestros retos en materia de salud.

Estamos también ante la extraordinaria oportunidad de mejorar como nunca la política pública, pasando de soluciones basadas en análisis estadísticos relativamente sencillos a modelos sistémicos complejos que incorporen distintas dimensiones de incertidumbre y enormes cantidades de datos, así como soluciones tecnológicas y de organización que aceleren las respuestas como nunca antes. Y es por lo mismo que, al tiempo que profundizamos el esfuerzo científico y académico por potenciar estas oportunidades, hay que lanzar una breve advertencia.

La inteligencia artificial no sustituirá a la política. No dudo que si sumamos las capacidades de transmisión segura de información de blockchain, con algoritmos de procesamiento inteligente y otras innovaciones, podamos organizar votaciones muy complejas e inmediatas entre millones de personas, y que esto signifique quizá una redefinición del concepto de opinión pública.

Pero aún si ello trae consigo transformaciones estructurales en cómo nos comunicamos, interactuamos, negociamos y discutimos alternativas, el cambio tecnológico exponencial no derivará mágicamente en la generación de un cálculo del consenso–por usar la frase del clásico, Gordon Tullock–que sea limpio, eficiente, óptimo y neutral.

Esto lo aprendimos hace mucho desde todas las perspectivas teóricas y analíticas, y debiéramos retomarlo. Incluso la concepción más limitada de la democracia, como sistema que garantiza los derechos individuales más básicos, implica, paradójicamente, cierto grado de concentración del poder y cierto grado de falta de neutralidad en los procesos de toma de decisiones que tienen lugar en la agregación de preferencias.

Esta incapacidad para garantizar decisiones neutrales no es porque nos cueste trabajo sumar los votos o preferencias de las personas. Es porque la complejidad de los grupos hace poco frecuente que estemos de acuerdo en qué queremos hacer. Y ello significa que las decisiones son variables y potencialmente inestables. Y por ello se concentra el poder y se le ponen límites, para asegurar alguna certidumbre y control ante las decisiones tomadas. El resultado es latoso y con frecuencia mediocre, pero como decía Churchill, es preferible a las alternativas.

Si partimos de la existencia de derechos humanos básicos, acordemos de una buena vez que no podemos confiar a las computadoras la ardua labor de tomar decisiones colectivas. La política cambiará profundamente por el cambio tecnológico, pero no será sustituida.

 

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