El costo del avión

La decisión dejó de ser una ocurrencia mal administrada cuando se empezó a hacer evidente que no sería tan fácil venderlo

Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México

Si de lo que se trataba originalmente era de distraernos (¿o distraerse?) de los retos nacionales más importantes, vaya que la rifa del avión presidencial lo ha logrado. En un principio, poner en venta el avión que no tenía ni Obama no parecía ser más que el cumplimiento de una puntada de campaña que subrayaba un tema central de su narrativa: antes de mí, la frivolidad y la corrupción, ahora la austeridad y el sentido práctico.

A pesar de haber sido una medida criticable desde muchos puntos de vista (la posible inviabilidad de su venta, las implicaciones para la seguridad del Presidente, la dependencia de sus traslados a la disponibilidad de rutas comerciales, el menosprecio por la comunicación oportuna y discreta del jefe de las Fuerzas Armadas, y un largo etcétera), el asunto no parecía tener una importancia central. Algo como la apertura de Los Pinos: gesto simbólico, popular, quizá inconveniente para el funcionamiento del gobierno, pero no mucho más. Se vendería eventualmente y hasta se podría presumir alguna recuperación financiera para alguna de las promesas del Presidente.

La decisión dejó de ser una ocurrencia mal administrada cuando se empezó a hacer evidente que no sería tan fácil venderlo, y que la interacción del Presidente con los ciudadanos de a pie en los aviones comerciales no era tan inconsecuente: desde el piloto que sugirió en el sonido del avión recuperar el proyecto de Texcoco, los aplausos que le dieron, y otros cuestionamientos y desplantes a los que está expuesto en aviones y terminales, es claro que para la narrativa del Presidente hiperpopular, el asunto tiene riesgos, que probablemente se exacerben. Como en otras cosas, a pesar de todo, persistió. Y en las últimas rondas de decisión el asunto se ha ido poniendo cada vez más inverosímil. Primero se iba a rifar el avión. Seis millones de boletos, 500 pesos c/u.

Después se decidió que siempre no, que se mantiene la rifa, pero no del avión, sino de premios en efectivo (aunque parece que seguirá su imagen en el boleto). Finalmente, como quizá se evaluó que sería difícil vender al público esos boletos, en lugar de cambiar o abandonar el sorteo, se decidió imponer a 100 grandes empresarios la compra de al menos 20 millones de pesos en boletos cada uno, cubriendo así dos terceras partes de la emisión. Se han hecho muchas críticas a cada paso de la decisión. No las repito. Pero no se ha enfatizado lo suficiente lo indignamente regresivas que son las loterías y sorteos estatales.

Son mecanismos de recaudación que pagan proporcionalmente más las personas de menores ingresos. Una convocada desde una Presidencia con mayor aprobación entre estos segmentos de la población es más reprobable. Tampoco creo que quede claro que con cada paso que se insiste en complicar y confirmar la magna ocurrencia, la confianza ciudadana, y la de los inversionistas, sufre. Imagine usted que tuvo el privilegio de atender la dichosa tamaliza de los 20 millones, más allá de los invitados de siempre.

¿No le pondría a usted nerviosa haber sido convidada?, ¿no le daría curiosidad saber cómo fue seleccionada?, y ¿cómo impactaría esto su posible toma de riesgo de inversión en México en los siguientes años? El circo cuesta, y la persistencia más.

POR ALEJANDRO POIRÉ

DECANO ESCUELA DE CIENCIAS SOCIALES Y GOBIERNO TECNOLÓGICO DE MONTERREY

@ALEJANDROPOIRE

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