Atrapados en el discurso

Cualquier “derroche”, así sea pagar por un trabajo, es utilizado por la crítica

Peniley Ramírez / Linotipia / Heraldo de México
Peniley Ramírez / Linotipia / Heraldo de México

No podemos fallarle al pueblo. No tenemos derecho a fallar en nada. A principios de junio, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador tituló así una conferencia mañanera. Lo ha dicho, en versiones distintas, durante casi toda su carrera política.

Su ambición es su legado. No una fortuna personal, repite él, sino su nombre en la historia de México. El discurso que sostiene esta loable impronta vital es el combate a la corrupción, al derroche, a los malos usos del dinero público, al abuso de lo público.

Para dar muestra, el gobierno de López Obrador transparentó la nómina de millones de empleados federales, ha iniciado investigaciones por alegados casos de corrupción, ha cambiado la forma como viaja y gasta el gobierno, entre muchos otros ejemplos.

Pero los recortes para que alcance el dinero para su también loable programa de becas han terminado atrapando a miles de funcionarios de su administración en el discurso de la austeridad versus la realidad de sus propias vidas. Contaré brevemente lo que está pasando, guardando el anonimato de las fuentes que me lo confiaron.

Ejemplos: el gobierno suspende programas que funcionaban a través del aporte federal a organizaciones civiles, recorta drásticamente gastos en el sector salud, mientras paga 8 mil 167 pesos mensuales a 18 mil 299 Servidores de la Nación, que levantan encuestas y se encargan de que los pagos de las becas lleguen a su destino.

¿Está mal que un gobierno busque que el dinero llegue a quien debe, no quede atrapado en una maraña de cacicazgos intermedios y pague a quienes lo hacen? Claro que no.

¿Dónde veo un problema? Mientras esto sucede, empleados educativos, que laboraban por honorarios, son despedidos, trabajadores del Servicio Profesional de Carrera son liquidados con menos dinero del que les correspondía o se usan medios públicos para ensalzar al gobierno y ridiculizar a sus críticos.

A partir de esta falsa dicotomía, cualquier derroche, así sea pagar lo que corresponde por un trabajo legal a cualquier colaborador, es fácilmente utilizado por la crítica y la oposición para decir al gobierno: Ustedes son más de lo mismo.

¿Por qué esto es un peligro? Crecí en un país donde escondía hasta las bolsas del supermercado, porque cualquier comportamiento capitalista, así fuera tomar un café en un sitio público, era considerado una desviación ideológica.

Imagine usted lo que significa ser funcionario federal hoy, ganar 50 mil o 100 mil pesos mensuales y ser atacado como hipócrita, sin ninguna piedad, porque fue captado en una tienda, en un aeropuerto, en un restaurante, en un bar.

La austeridad y el combate real a la corrupción son necesarios y urgentes en México, pero sus formas están creando una peligrosa doble moral en la que cualquier mínimo parecido con la anterior clase gobernante, así sea que una persona viva conforme al salario que gana, parece una traición.

Por PENILEY RAMÍREZ

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