Así son ellas

Conozco a la perfección cada uno de los rincones de aquella casa que habité, conozco perfecto a Rosetta

Valentina Ortiz Monasterio
Valentina Ortiz Monasterio / Nube viajera

Pocas cosas me dan más ilusión que poder escribir sobre lo mucho que me gustó un restaurante.  Soy crítica acérrima y a muchísima gente no le gusta mi forma tan directa de hacerlo. ​Veo a mis hijas de buen diente y sentido del humor ácido, y son producto de mi creación, juzgan en su interior, conversan y critican en privado y son doblemente duras en sus juicios, aunque nunca lastimosas. Y me da gusto.  ​

A Luciana, la mayor, le fascinaría ese tortelloni relleno de tallegio que nada en un fondo de vegetales que acabo de comer hace unos días; es muy ella. Leonor, la más pequeña, acabaría con la focaccia y ese pescado en costra de sal, además del postre de cacao y hoja santa. Se divertiría viéndolo, partiéndolo, comiéndolo y riéndose porque a su madre no le gusta el chocolate. ​La tercera de mis hijas, Paloma, probablemente podría vivir entre los panes, y estoy convencida de que sonreiría muchísimo con aquella ensalada de tomates pequeñitos, chorizo, pan y con el postre de pixtle y mamey. Alegre, ligero, femenino, aromático, sin pretensión, así es Rosetta, y así son ellas tres.  ​

Tengo increíbles recuerdos de infancia en esa casa que viví, y me conozco todos sus rincones. Jugábamos quemados ad ​infinitum en la actual sala principal, y en su puerta monté decenas de veces una mesita de punto de venta de agua de limón y dibujos de Adolfo Riestra a nuestra usanza. ​Así es Rosetta, libre, iluminado, fresco.  ​

Pensé que había comido la mejor ensalada de endivias una noche donde cuatro amigas en Nueva York nos llenamos de vino y una perdió el diente, pero no, la de Rosetta cítrica y perfumada con vinagreta de yogurt la desbancó. ​Así es Rosetta, impredecible, calculador, lleno de aroma. Adoro conversar con Elena de comida, de la vida, de lo majestuoso de su uchepo. Aquel establecimiento de la colonia Roma está, sin duda, en su mejor versión. ​

A Rosetta hay que ir ahora y volver mucho. Ya somos cuatro mujeres en mi casa que queremos siempre comer así y aprender de ella. Así es Rosetta.

Por VALENTINA ORTIZ MONASTERIO

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