Ariadna Razo Salinas: Todas somos Ana

Todas somos Ana, somos parte de alguna estadística, como esa que dice que seis de cada 10 mujeres han padecido violencia, te cuentas dentro de una cifra, te vuelves número

Ariadna Razo Salinas / Articulista invitada
Ariadna Razo Salinas / Articulista invitada

Mi relación con Ana inició hace más de 30 años, el día en que mi padre fue a buscarme a la hora del recreo para decirme que ya había nacido el bebé. Sin dejarlo terminar dije: ¿verdad que fue niño?, sólo sonrió y lo tomé como un sí.

Al llegar a casa mis primos me sacaron del error, había tenido una hermanita. Lloré amargamente sentada en la jardinera de mi abuela.

De ese día en adelante, mi pequeño reinado de 10 años había terminado; de ese día en adelante, seríamos dos mujeres y un hombre.

Le enseñé a comprar ropa en la época de rebajas, a combinar telas, texturas y colores, a probársela, a ser autocrítica ante el espejo. A la par, advertí a mi hermana que no importaba lo bien que luciera cierto tipo de ropa, no podía salir a la calle sola con eso puesto, pues sería objeto de acoso.

Le pasó al viajar en el Metro, intenté cubrirla con mi cuerpo, la mirada del hombre la persiguió durante el recorrido, o cuando, al caminar juntas por la calle, un tipo le dio una nalgada, salí corriendo para alcanzarlo, someterlo y jalarle el cabello.

No estuve con ella cuando al salir del Metro un tipo la siguió. Tuvo que acercarse a dos chicas a quienes les explicó su situación y, solidarias, la acompañaron al siguiente transporte.

Tampoco estuve la noche que, camino a casa, un chico en bicicleta se le emparejó para gritarle que le entregara el celular; ante el susto, salió despavorida. Un señor logró calmarla y la acompañó lo que restaba del trayecto.

Tampoco estuve la noche que un chofer de microbús, coludido con asaltantes, les permitió subir al transporte para asaltarlos.

Y es cuando siento una profunda impotencia, tristeza, y quisiera decirle que fue mala suerte, una desafortunada casualidad, una excepción, pero no puedo.

A mí también un tipo me dio una nalgada en la calle, a mí también un tipo se me acercó y me acorraló en el Metro para frotarse contra mi cuerpo hasta que logré zafarme, no sin antes sentir su miembro erecto, caliente y a punto de explotar. A mí también me asaltaron navaja en mano a plena luz del día y en el transporte público.

Todas somos Ana, somos parte de alguna estadística, como esa que dice que seis de cada 10 mujeres han padecido violencia, te cuentas dentro de una cifra, te vuelves número.

Y, sin embargo, al igual que ella, también somos la hija, la hermana, la prima, la tía, la amiga, la compañera de pupitre, de trabajo y de vida, somos el afecto de otros más.

Por eso, de un tiempo para acá, siento un nudo en el estómago al tener que decir, escribir o leer la frase que suena a sentencia: vete con cuidado, porque es jodidamente doloroso saber que este país no lo vivimos, lo sobrevivimos… un día a la vez.

 

DOCTORA EN CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES POR LA UNAM

 

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