Arabia Saudí, sin recato

Con una serie de procedimientos, iniciativas y reformas, el reino ha emprendido la marcha hacia la renovación del autoritarismo de su sistema político y la asertividad en política exterior


El 26 de septiembre el príncipe heredero Mohammed Ben Salman de Arabia Saudí ordenó que se permitiera a las mujeres conducir automóviles. Cerca de 10 millones de mujeres mayores de 20 años, incluyendo población extranjera, viven en Arabia Saudita; casi 1.4 millones de extranjeros trabajan como conductores domésticos. El decreto, que se inscribe en el programa Visión 2030 (conjunto de reformas económicas y sociales promovido por el príncipe heredero, el año pasado), apunta a aumentar la participación de las mujeres en la fuerza laboral y modernizar a la sociedad saudí.

Poco más de dos semanas antes, el reino inició una serie de interrogatorios, amenazas y decenas de detenciones de manera abrupta, sin miramientos ni discreción. Los detenidos pertenecen a diferentes campos ideológicos; la mayoría es islamista, pero el espectro de sus orientaciones varía desde ultraconservadores a islamistas liberales. Esta operación se presenta oficialmente como necesaria para desmantelar redes de espionaje vinculadas con el exterior, aunque para quien es familiar, la complejidad de las dinámicas del Golfo, se reconoce dirigida contra sus obsesiones: el Islam político dentro y fuera del reino (Hermandad Musulmana), Qatar e Irán.

En el área geográfica del golfo Pérsico se concentra la mayor parte de las monarquías árabes, con excepción de Yemen. La supervivencia del sistema monárquico se debió a una combinación de factores como poblaciones poco numerosas, sociedades tribales, el boom petrolero, y que las clases medias quedaran fuera del ejército. Esas condiciones, y la congruencia relativa entre su estructura social y su posición internacional, facilitaron procesos políticos más flexibles. En el sistema político del reino saudí, hasta 2015, el rey había sido sólo un primus inter pares con ventajas simbólicas sobre los demás. El poder real se distribuía a toda la familia Saud; los príncipes y las grandes familias tribales ocupan los puestos esenciales del Estado. Este esquema horizontal de gestión es el blanco de la modernización del autoritarismo emprendida por Ben Salman.

¿Logrará así marginar a todas las ramas en competencia dentro de la familia real, para impulsar la reforma del país y terminar con disfunciones pasadas, generadas por la multiplicación de centros de poder? Es probable, pero a costa de la pluralidad interna (mínima, pero real) que ha existido y en favor de una verticalidad y personalización del autoritarismo. Vale la pena considerar la experiencia de las repúblicas árabes, que en contraste con las monarquías, sobrevivieron gracias a un populismo cuyo desgaste hacia la década de 1970 derivó en mayor represión en el plano sociopolítico y la privatización económica a ultranza. Se formó un círculo vicioso de autoritarismo-oposición-represión.

En cuanto a las mujeres, dejarlas tomar el volante no bastará ni como acto ni como símbolo al equilibrio de género. Pero es probable que a la larga aumente la productividad económica. Las mujeres están bien posicionadas para aprovechar los cambios debido a su educación (estudian más que los hombres), al incremento en los costos financieros de emplear trabajadores expatriados y la incapacidad de sus colegas masculinos de desempeñarse en diversos trabajos. Sin embargo, un rango amplio de leyes y prácticas discriminatorias persiste; modificarlas requeriría romper el pacto con el clero wahabí y desmontar el sistema bicéfalo del reino. ¿La política exterior agresiva en el plano territorial e ideológico en la península (como su guerra en Yemen desde 2015) será eficaz para encumbrar a Arabia Saudí como la potencia hegemónica en el Golfo? Se antoja un proyecto tan costoso como fatídico, pues equivale a consagrar la promoción de una interpretación fanática e intransigente del Islam en sus vecinos y el mundo.

 

Columna anterior: El referéndum por la independencia del Kurdistán

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