Tu mejor atuendo

¿Quién dijo que la televisión es todo glamour? Será sólo en la pantalla, pero no detrás de ella; lo sabemos quienes nos dedicamos a hacerla

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México
Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Para hacer un programa hay largos días de trabajo previo, horas sin comida, sin sueño, o decisiones y cambios de último momento: ¡locura, locura, locura!

Hace años tuve que grabar las conducciones de un programa de manera emergente, así que un miércoles cualquiera, tomé el primer vuelo con destino a Mérida y de allí en auto hasta una locación celestial: Puerto Progreso.

La producción atentamente me advirtió de los húmedos calores yucatecos, pero yo no tomé tan en serio la insinuación y me llevé un minivestido en tono borgoña que era todo menos apropiado para la ocasión. Ahí estaba yo encendida en mi atuendo con un fondo azul turquesa que contrastaba espectacular, mientras me cocía en mi propia salsa. Terminamos la jornada y de la locación directo al aeropuerto para la vuelta a la Ciudad de México. Así es la tele.

No tan encendida y sí más arrastrada volví sin contratiempos. Salí casi la última y, para colmo, nos habían dado la sala más lejana para bajarnos del avión así que tuve que caminar el pasillo entero desde la sala uno hasta al estacionamiento del aeropuerto.

¡Vaya paseo! Pasarela, mejor dicho. Nunca había causado semejante fascinación como esa tarde; iba imparable con mi minivestido borgoña, el pelo largo suelto volando en cámara lenta en lo que agitaba la cabeza tratando de entender el por qué de mi inusual atracción. Nómbre, traigo el guapo subido pensaba mientras recorría el pasillo ante las miradas de hombres y hasta mujeres. ¿O será este perfume que me eleva las feromonas? seguía cuestionándome. Es la minifalda; sí las piernas largas, la falda corta, ¡eso es!, le daba vueltas a mi inexplicable nueva forma seductora.

Finalmente llegué al estacionamiento. Helada descubrí que no, ni el perfume, ni las feromonas, ni las piernas largas, ni el guapo subido ¡ni nada! Era que llevaba la mitad de mi sudado minivestido borgoña subido hasta la cintura del lado derecho por detrás y había recorrido el aeropuerto entero exponiendo mi tanga y mis pálidas nacaradas nalgas al mundo. Quise explotar en llanto de la vergüenza, pero respiré hondo, tomé el volante con fuerza y conduje hasta mi casa.

En el trayecto sí reventé, pero a carcajadas, y agradecí lo sucedido porque me hizo reflexionar sobre la seguridad en mí; en lo importante de la autoconfianza. Yo, sin saber que estaba enseñando las nalgas, me sentí segura, poderosa, fuerte, imparable y capaz de lograr lo que fuera. Ese día entendí una cosa esencial: la autoconfianza es tu minivestido borgoña. Hazlo tuyo, abrázalo, pero mejor aún: ¡PÓNTELO TODOS LOS DÍAS!, de preferencia con las nalgas tapadas…

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