¡Cosas de adolescentes!

Cuando una pareja decide agrandar la familia ¿pensará seriamente en la etapa de la adolescencia? ¿O sólo se concentrará en imaginar al bebé que hace monadas y arrebata suspiros y sonrisas?

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México
Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Mi adolescencia no fue tan sencilla. Mis padres estaban en pleno divorcio y yo me sentía poco agraciada, era introvertida y tímida, pero no rebelde.

A los 15 años me refugiaba en el ballet, películas viejas y música clásica. Mientras todos querían ir al antro a divertirse, yo en el fondo prefería quedarme en casa a ver Lo que el viento se llevó o Casablanca. Mi grupo de amigos era fiestero y siempre había planes para salir en banda. No lo decía, pero la gran mayoría de esas veces en el antro, yo no lo disfrutaba como ellos.

Un día me animé a ir a un café al sur de la Ciudad de México en el que se reunían los jóvenes todos los viernes por la tarde. Me convencieron mi hermana Nuria, y Lara, mi mejor amiga desde los 13 años, mi hermana de corazón. Debo decir que las dos son las mujeres más bellas que he visto jamás. Nuria, una rompecorazones: los ojos grandes y almendrados, el pelo rizado rubio, la nariz respingada, los labios carnosos. Y Lara no se queda corta, tiene los ojos más verdes, más grandes y más bonitos del mundo.

Ahí estábamos las tres adolescentes insoportables con caras de nadie nos merece. De pronto, haciendo mucho escándalo, se bajó de un Ford, Grand Marquis un chavito rubio de ojos verdes haciendo alarde de su entrada con unas rosas en la mano. Todos lo saludaban y le festejaban la llegada y él, claramente, se dejaba querer flotando en su nube.

Imperturbable vino directo a nuestra mesa haciendo gala de su experiencia en la conquista a pesar de su notable corta edad. Con rosas en mano intentó coquetearnos, sin durar más de 30 segundos, porque ninguna de las tres le hicimos caso. Así que él, muy ardido, después de no dejarlo sentar en nuestra mesa, respondió letalmente:

Pues mejor, porque ¡están bien feas! y se alejó a intentarlo con otras. Las tres nos carcajeamos y luego llegamos a casa a contarle a mi madre la hazaña; yo misma reía junto con ellas, pero algo me incomodaba en el fondo. Una adolescente pasándola mal, que es rara, que no se siente agraciada, oyendo están bien feas puede ser delicado en esa etapa de la vida.

Al tiempo, por fortuna, se me quitó la timidez, lo introvertido y mejoré en lo inseguro.

La vida da vueltas y años después, por mi trabajo, muchas veces tuve que entrevistar a ese jovencito conquistador de ojos verdes. La última vez que lo hice, hace pocos años, me mordí la lengua para no decirle: ¡Qué tal, CRISTIAN CASTRO! No llevas rosas hoy, pero, dime, ahora que no somos aborrescentes: ¿ya me compuse o sigo estando bien fea?

@ATASARMI

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