¿Qué hacer con las fuerzas armadas?

Dudo mucho que haya quien busca unirse a las Fuerzas Armadas para enriquecerse o para cometer actos innombrables a la sombra de un fusil

¿Qué hacer con las  fuerzas armadas?

Con el próximo sexenio en puerta, se presenta nuevamente la oportunidad de reformar las instituciones de gobierno con la intención, desde luego, de mejorar el curso, y con ello el futuro del país.

Más allá de manejarlas como fuerzas subsidiarias de la policía o como comodines antibióticos de los males del país, son pocas las administraciones políticas que han entendido el valor que tienen las Fuerzas Armadas para contribuir a la gobernabilidad y, menos aún -tal vez nulos-, quienes las han sabido encauzar para enfocarlas a contribuir plenamente al desarrollo nacional.

Las Fuerzas Armadas en México son instituciones emanadas y enraizadas en el pueblo. En los últimos 10 años el número de deserciones, particularmente en las filas de la tropa, ha disminuido significativamente para crear una fuerza más cohesionada, capaz y profesional. Esto último ha sido un gran logro, pero ha requerido de fuertes inversiones para mejorar sueldos y prestaciones, equipo, armamento, entrenamiento, doctrina, instalaciones e infraestructura que hagan a la profesión militar más atractiva, tanto para reclutar capital humano como para retenerlo. Como consecuencia, las Fuerzas Armadas mexicanas no han crecido en tamaño (número de personal) y son un efectivo pequeño en comparación con los estándares internacionales.

La recientemente adoptada opción de participar en operaciones de mantenimiento de paz en el extranjero, viene a reforzar esta mejora. Quienes se unen a las Fuerzas Armadas, dudo mucho que lo hicieran para realizar operaciones como desarmar a la policía municipal de equis municipio o instalar un retén afuera de pueblo en la sierra. Por lo general, quienes se dan de alta, buscan ser parte de algo más grande, proteger a su prójimo, es gente que busca enfilarse en una vida de disciplina y servicio.

Dudo mucho que haya quien busca unirse a las Fuerzas Armadas para enriquecerse o para cometer actos innombrables a la sombra de un fusil.

La contribución de las Fuerzas Armadas al desarrollo nacional debe ir mucho más allá de subsidiar o reemplazar a las policías municipales o a los gobernadores que prefieren donar tierras y construir cuarteles para que Sedena instale un cuartel de Policía Militar, en vez de invertir en profesionalizar a sus policías. Revertir la terrible situación de seguridad en México no requiere de invertir más y mejor los recursos en el corto y en el largo plazo, pero principalmente, de invertir. No es posible que México tenga el nivel de inversión más bajo en las Fuerzas Armadas y seguridad de todo el hemisferio y de los más bajos del mundo, al mismo tiempo que le demanda una polivalencia de funciones. Y sí, es cierto, las Fuerzas Armadas van a tener que encontrar nuevas fórmulas para hacer más con menos y sobre todo para hacer las cosas mejor. También tendrán que adaptarse a una nueva clase política que los verá –inicialmente- como opositores, e incluso como antiguos opresores, una clase política donde El 68 sigue presente, y algunos incluso tendrán intención de mermar o castigar a las Fuerzas Armadas. Estos complejos prejuicios tienen su raíz y sus razones, desde múltiples puntos de vista, pero también deben ser enfrentados, conciliados y superados.

La nueva administración política deberá de madurar rápido para entender que las Fuerzas Armadas de un país moderno se emplean para mucho más que para corretear narcos, desarmar policías corruptos y entregar despensas.

Deberá entender que las Fuerzas Armadas son una herramienta del poder nacional y que para cumplir sus funciones de protección mediante disuasión y colaboración internacional, requieren también de vehículos, barcos, aviones y helicópteros militares, algunos -pocos- de ellos armados con misiles -sí, con misiles, porque ya no estamos en 1968- así como de radares tridimensionales, satélites de vigilancia y herramientas cibernéticas con precios que parecerán desmedidos.

Los militares, por su parte, van a tener que adoptar medidas de transparencia más profundas, sobre todo si quieren ver un centavo de inversión y deberán de reenfocar sus proyectos de adquisiciones para atraer a la inversión extranjera, fomentar la creación de empleo en el país y apoyar el desarrollo social y tecnológico. Las Fuerzas Armadas, en cualquier país, tienen la oportunidad de convertirse en un motor para la economía, apoyando directamente el desarrollo social, industrial, comercial y tecnológico.

Para poder coordinar todo lo anterior, la elección de los próximos secretarios de la Sedena y Semar va a ser clave.

El próximo secretario de la Defensa Nacional deberá ser un General de División respetado y reconocido, deberá tener un perfil mediador, preferentemente con experiencia en implementación de políticas de conciliación y amnistía, así como experiencia y reconocimiento internacional pero al mismo tiempo con mucha experiencia de campo.

En el caso de la Marina, el próximo secretario deberá tener experiencia en unidades operativas que le permitan comprender las necesidades de las operaciones y empatía con quienes operan, la comprensión de que México no puede solucionar por sí mismo los problemas de seguridad marítima y regional que inciden en la seguridad del país, por lo que necesita entender la necesidad de las alianzas y acuerdos internacionales y deberá de poder articular y traducir al idioma civil, la visión e importancia de la Armada en la construcción del México del futuro

*Consultor de la compañía Jane’s en Washington, DC.

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