AMLO, símbolos y torpeza de opositores

Marca la agenda nacional, mientras sus opositores son incapaces de sortearla

Manuel Lopez San Martin
Manuel López San Martín / Definiciones / El Heraldo de México

López Obrador corre el riesgo de quedar atrapado en su propia narrativa, ese potente discurso que lo llevó a ganar la Presidencia y lo mantiene en un alto índice de aprobación. Los símbolos en los que recarga su discurso pueden regresarle como búmeran. Los cambios de insignias necesitan acompañarse de realidad y ésa no está cambiando a la velocidad de la simbología, ni a la rapidez prometida –y esperada.

Algunas de las nuevas formas han sido impecables, la reducción de los sueldos de la alta burocracia, por ejemplo; otras caen bien, como abrir Los Pinos, pero algunas más se agotan o huelen a simulación.

El avión presidencial, el nacimiento de su primer nieto en Houston, Texas –en medio del lanzamiento del Insabi- y la ponchadura de una Suburban –acompañado de un convoy de camionetas previo a su reunión con los LeBarón, Langford y Miller, en Sonora–, lastimaron la arquitectura de tres nuevos símbolos: el famoso avión que no tenía ni Obama, la gratuidad y calidad en los servicios de salud, y la austeridad en el uso de vehículos.

En los tres hay argumentos en favor de AMLO. El avión ni lo compró ni lo uso él; el nacimiento de un bebé es decisión de sus padres, y el terreno, por lo accidentado y peligroso, en Bavispe, obliga al uso de camionetas. El asunto es que ha dado demasiado peso a los símbolos y éstos pueden volverse en su contra.

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La forma importa más que el fondo, porque el fondo es la forma. De eso se trata, hasta ahora, el sexenio. No hay sorpresa. Como tampoco la hay en la capacidad del Presidente para maniobrar con la realidad y amoldarla a su deseo. Su habilidad para poner agenda y definir el tema de conversación es tan obvia como la incapacidad de sus opositores para hacerle frente. Sus adversarios viven mordiendo el anzuelo. Odian las mañaneras, pero le compran todo lo que ahí dice. Tachan de ocurrente el discurso, pero viven cayendo en él. Tan predecible uno, como los otros.

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Los símbolos son insuficientes para gobernar, pero cómo ayudan. El Presidente lo sabe y recarga parte de su enorme capital político en ellos. Pero necesita resultados.

Su narrativa alcanzó el primer año; mantiene índices de aprobación superiores al 60%, pero la percepción no es eterna y deberá acompañarse de realidad. Las cifras de inseguridad no dejan de crecer –aunque se justifique que lo hacen a menor ritmo-, la salud representa un dolor de cabeza para millones –y el gobierno se ha enredado en la puesta en marcha del Insabi– y la economía, aunque de vez en vez da buenos números –tipo de cambio e inflación-, en realidad permanece estancada –la pérdida de empleos el año pasado es dato contundente.

Los símbolos funcionan, hasta que dejan de funcionar. Ocurrió en el viejo régimen. Estamos, claro, lejos de eso hoy, pero el Presidente debe recalcular sus batallas. Los símbolos no alcanzarán los seis años.

POR MANUEL LÓPEZ SAN MARTÍN 

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@MLOPEZSANMARTIN

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