Juchitán, entre dolor y oración

En el Istmo duermen en la calle y se organizan para rezar y pedir piedad

Juchitán, entre dolor y oración

A las 5:00 de la mañana, cuando la luna aún no esconde su brillo en este poblado de casas e inmuebles destruidos y apuntalados, aparecen zombies vestidos con batas largas o ropas blancas: caminan lento por calles de la zona más sísmica en el mundo y llevan los brazos levantados con las palmas de las manos hacia el cielo.

– Tú eres Santo, Santo, Santo/Cristo eres tú/sólo tu nombre nos levanta/Tu brillarás hasta el final/Podemos contemplar tu rostro/Brillando como el sol -son las alabanzas que se oyen fuerte cuando se acercan.

 

En su camino llevan la vista fija en un objetivo y parece que invaden propiedades como fantasmas: sortean anafres que hierven agua para el Nescafé, despiertan a niños que duermen sobre colchones bajo una lona instalada a media calle y jalan las miradas de adultos que no duermen por la racha imparable de temblores.

Hasta echan a perder uno de los pocos momentos de gozo en estos días cuando una parejita que hace el amor dentro de una bolsa de campaña, interrumpe su acto, y hacen que duermen profundamente.

La congregación continúa. Doblan con rumbo al parque Revolución a unas calles del centro, donde hasta hace unos días estuvo de pie la iglesia de San Vicente, cuyo retablo primero cayó sobre Cristo en el terremoto del 7 y luego sus muros barrocos y blancos se hicieran ruinas.

Por donde avanzan en la noche previa, el señor David Jiménez barrió con una escoba de gruesas cerdas la calle convertida en una laguna que se hizo por un aguacero intenso y despiadado, como si no fueran suficientes los más de 4 mil 600 temblores en 18 días. El viejo David barrió más de dos horas para poner el colchón antes de tirarse a descansar un rato.

Durante esa peregrinación matutina ocurre una réplica que exhibe la crisis postraumática en los demás, se levantan de los catres como impulsados por resortes, parece que saldrán sus ojos, se mecen los cabellos y corren por sus hijos cuando el piso se cimbra con más de cuatro grados de abajo hacia arriba. Todos entran en pánico menos la congregación espiritual, que, incluso, parece haber profundizado su trance.

Un muxe –hombre que se puso a dieta y ensayó meses para ponerse un vestido como parte del orgullo y cultura juchiteca– decide unírseles. No sabe quiénes son. Si tienen una filosofía católica, o son testigos de Jehová, o cristianos, pero él está en el grupo porque lo primero que se necesita aquí para levantarse de una tragedia como ésta es creer en algo o en alguien.

Y la gente ha perdido la fe en todo.

Otros tres o cuatro también se integran. Por la tarde, habrá quien diga de este clan que las oraciones surtieron efecto porque aunque los oaxaqueños siguen siendo los más olvidados en esta ola de desastres nacionales, por la tarde va a notarse un poquito más la presencia de soldados que removerán escombros, entregarán colchonetas y aparecerán brigadas repartiendo despensas que constaron de un kilo de frijol, uno de arroz, medio de azúcar y tres paquetes de café.

Sin embargo, la ayuda es insuficiente para derrumbar, por ejemplo, las casas inservibles para impedir accidentes y propiciar condiciones de reconstrucción en Juchitán.

Por lo pronto, además, urgen lonas, casas de campaña y antirrepelentes contra los mosquitos.

–Debemos arrepentirnos, hermanos. El mundo entero está lastimado. El hombre de la ciencia destruye su mundo por dinero,–dice en alabanza Carmen Morgana de Casa de Oraciones y Templo Espiritual Puente de Sabiduría tras llegar al parque y a la hora en que el sol emite sus primeros destellos del día.

En el punto, la congregación se encuentra con otra de creyentes, son unos 60, que respondieron al llamado y caminaron desde otra coordenada. La actividad seguirá todas las mañanas a partir de las 5:00 horas hasta el 1 de octubre. Buscan alentar, contagiar, influir en la unión del pueblo, que tras vivir la peor de sus tragedias lamentablemente sigue ensimismado.

 

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